martes, 23 de mayo de 2017

GUS MORNINS 23/5/17

"Está usted en un error, señora. mi lenguaje es de lo más correcto. Y en cuanto a mi moral, he vivido una vida de hombre y no estoy avergonzado de ello. Y, desde luego, le puedo asegurar que ninguna mujer ha vivido lo peor mientras ha estado conmigo. Y me gustaría saber cuántos bocazas de nariz azul pueden decir lo mismo"          Capitán Gregg - Rex Harrison en "El fantasma y la señora Muir"

Hoy hace exactamente setenta años que se estrenó esta maravillosa película, El fantasma y la señora Muir, en un subrepticio preestreno que hacía que calentara motores para su auténtico estreno en el verano de 1947. Es una película fantasmagórica pero real, tierna pero hecha con un envidiable gusto, única en su género, espléndida. Fue dirigida por el gran Joseph L. Mankiewicz con un guión de Philip Dunne (el mismo guionista de aquella otra joya maravillosa que es ¡Qué verde era mi valle!, de John Ford) e interpretada por Gene Tierney en el papel de la señora Lucy Muir; Rex Harrison como el Capitán Gregg; el siempre acertado George Sanders en el papel del engañoso y engolado Miles Farley; Natalie Wood como Ann Muir en su más tierna infancia y Robert Coote como el señor Coombe, editor de la señora Muir, una mujer que alquila una casa al mismo borde del mar con el nombre de "La Gaviota" y que, una vez allí, se le aparece el fantasma de un viejo lobo de mar que, al principio, toma a las nuevas inquilinas como invasoras y, más tarde, como invitadas. La película, de una sensibilidad admirable, habla de los amores que no solamente son para siempre, sino que van más allá de algo tan nimio como la frontera de la vida y de la muerte. Con sus momentos de comedia, sus romanticismos y sus maravillosos instantes de emoción, la historia te transporta hacia el realismo mágica que, de alguna manera, también es el amor.
Durante el rodaje ocurrieron algunas cosas que fueron dignas de mención. Por ejemplo, en los dos primeros días de rodaje Gene Tierney no acabó de entender en absoluto a la señora Muir y la interpretó como si fuera una heroína de screwball comedy, un poco en la línea de Katharine Hepburn en La fiera de mi niña. La cosa duró hasta que Joe Mankiewicz la llamó a un aparte junto con el productor Darryl Zanuck y le explicó detalladamente cómo era realmente el personaje. De acuerdo con Zanuck, decidieron rodar de nuevo todo el material que habían realizado durante esos dos días. Ni que decir tiene que la actuación de Gene Tierney fue maravillosa y que todos, de alguna manera, nos enamoramos de ella en "La Gaviota".
Bernard Herrman, compositor de la banda sonora, siempre opinó que El fantasma y la señora Muir había sido su mejor trabajo para el cine. Y como curiosidad diremos que la palabra "Muir" significa "Mar" en gaélico y que a raíz de la película, los marineros irlandeses siempre han creído que la señora Muir se había casado con el mar.
La película, además, estaba basada en una novela de R. A. Dick al que, durante mucho tiempo, se tomó como a un componente del género masculino cuando, en realidad, era una mujer cuyo verdadero nombre era Josephine Leslie. El caso es que la película obtuvo un éxito inmediato y ha permanecido en la memoria por ser única en su género (una señora enamorándose de un fantasma) aunque muchos han pretendido ver en ella un reverso de la mítica Laura, de Otto Preminger. Allí un hombre se enamoraba de una mujer muerta. Aquí, una mujer se enamoraba de un hombre muerto.
El caso es que, pecando de soberbio, quería dejaros aquí un post que escribí en aquel foro de cinéfilos de Terra y que, más tarde, con las oportunas modificaciones por razón de espacio, se llegó a publicar como artículo en El Pueblo de Albacete porque, en aquel tiempo, el periódico estaba asociado a una cadena de televisión local como Visión 6 y un servidor se encargaba de publicar una crítica, más o menos literaria, sobre las películas de cine clásico que echaban. Ahí os lo dejo.

Quizá viendo algunas de las maravillosas muestras de arte que el cine nos ha dejado, uno llegue al convencimiento de que, tal vez más allá de la vida existe el amor. "El fantasma y la señora Muir", de Joe Mankiewicz nos descubre algo indescifrable para nuestras pobres almas de humanos sin huella. Un hombre muerto puede amar y sentirse más vivo que cualquiera de los seres que se perfilan en nuestra realidad. Y renuncia. Y espera. Y vence a la eternidad. Ella, mientras tanto, no dejará de coger frío en una pequeña terraza mirando al mar porque, aunque no le recuerda, lo presiente, y eso también es amor. Presentir que alguien, sin estar contigo, lo está siempre, por encima del tiempo y de la distancia infranqueable que separa la vida de la muerte. Y demostrar que un amor capaz de saltar las vallas de la propia naturaleza es más fuerte y más sincero que el propio amor terrenal. Allí, en las luminosas estancias que la señora Muir escoge para vivir aún sabiendo que dentro hay un ser que no es de este mundo, ella presiente que es posible que en "La Gaviota", encuentre algo que es más grande que la propia vida y que la memoria que persigue la independencia para ya sólo depender del momento en que un capitán de barco agarre su mano con una delicadeza de tranquila espuma del mar. Así el umbral del amor es la ola que les transporta a la misma orilla de sus almas enamoradas.
Y, cuando él se la lleva, los años y el tiempo desaparecen. Ella se va con él tal y como él se enamoró de ella, con los mismos años, con la misma mirada perdida en el horizonte de su búsqueda que por fin descansa en el punto fijo de su amado, la misma sonrisa etérea que parece, por un instante, que entró en la eternidad mucho antes que su vida, y con esa maravillosa contradicción que habita en su cuerpo adorado en la que convergen, como dos afluentes del mismo río, la fragilidad de la mujer enamorada y la fortaleza acerada que sólo las mujeres pueden tener.
Tal vez así sea el paraíso. Poder ir a buscar a quien se ama cuando el amor sea el único reloj que marque las horas del tiempo que nos pertenece, cuando lo que importe sea permanecer en el rincón acotado de los brazos de los que nunca te quisieras zafar, el escritorio de donde salen las palabras que no se pueden decir más que con tus actos por mucho que se intente acariciar con la voz. Por eso, salvo en el conjuro del olvido, un fantasma no dice nunca que ama. Sólo lo demuestra, llegado el momento, yendo a buscar el pergamino donde escribió su obra póstuma que se convirtió en la más profunda escritura de una vida que nunca vivió y lo que es más importante, de la vida de ella.

Como vídeo, ahí os dejo unas cuantas fotos de la película que se van abriendo al son de la música, irremediablemente romántica, de Bernard Herrman. Es un poco largo, quince minutos, pero no he encontrado nada un poquito más corto.


Y como mosaico, ellos. No podía ser menos. Al menos es la demostración palpable de que un fantasma puede ser más hombre y tener más corazón que muchos humanos.






4 comentarios:

Anónimo dijo...

Si hay algo que derrocha este espacio del Gus es sensibilidad y talento.

Recuerdo vagamente esta película, Lobo, y recuerdo que me dejó muy buen sabor de boca. Tu revisión hace que me den ganas de revisarla de nuevo, seguro que la encuentro tan deliciosa como entonces.

Gracias, una vez más, por tu delicadeza y tu forma de ver las cosas, tan particular.

Besos fantasmales

Albanta

INDI dijo...

sensibilidad, talento y mucho conocimiento, añadiría yo. Tanto que algunos nos damos cuenta de lo poco que sabemos de cine.

Abrazos espectrales ante tan fantástico gus

CARPET_WALLY dijo...

Pues todo lo que decís del post es no sólo cierto sino muy cierto. Talento, sensibilidad y conocimiento. Y una película maravillosa en la que precisamente se puede destacar eso: el talento de actores y guionistas, la sensibilidad de la historia y su forma de contarla y finalmente el conocimiento del director para dar el tono adecuado a esas imágenes mágicas.

Además aprovecho para comentar que Gene Tierney es sin duda la mujer que menos más atractiva y guapa me parece de las que no responden exactamente a mi prototipo. Es una mujer cuyo rostro parece duro en algunos momentos pero transmite una dulzura enorme en otros, que cuando mira te clava y cuando la miras te vuelve loco, que cuando sonríe te deshaces y cuando cierra los ojos 8como en el mosaico) está pidiendo a gritos un beso. Un mito para mi, pero no exactamente erótico, es algo más.

Por cierto, nunca vi está película en pantalla grande y seguro que gana viéndola así, pero es un film que está más allá del formato en que se deguste.

Abrazos etereos

Anónimo dijo...

Esta peli tiene un significado muy especial para mí por varios motivos, uno de ellos es que es una de las primeras pelis que vi con mi madre siendo muy pequeña. Sabes, porque alguna vez lo hemos comentado, que aquella crítica tuya sobre esta peli es una de las más bonitas que te he leído. Poco más puedo añadir salvo decir qu es una de mis películas preferidas. La niebla...y yo. Por qué me gustará tanto la niebla en las pelis. El puente de Waterloo, Jennie, El fantasma y la Sra Muir...y alguna más.

Besos entre la niebla

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