lunes, 23 de julio de 2018

EL CINE EN CIEN PELÍCULAS (XXIII)


Este pueblo está maldito. ¡Vete!, vete y no vuelvas nunca. Y si algún día te da la nostalgia y regresas, no me busques. No toques a mi puerta porque no te abriré. Busca algo que te guste, y hagas lo que hagas, ámalo; como amabas la cabina del Cinema Paradiso cuando eras niño



CINEMA PARADISO (Nuovo Cinema Paradiso) Italia, 1989. Dir Giuseppe Tornatore con Philipe Noiret, Jacques Perrin, Salvatore Cascio (124 min)

Con ese toque tan característico entre sentimental y costumbrista que de siempre ha definido la tradicional comedia italiana de toda la vida, el director GuiseppeTornatore logró escribir en 1989 una de las más hermosas y emotivas cartas de amor al cine que se han rodado jamás. Hay directores que merecen entrar en la Historia del Cine con letras de oro gracias a un solo título; es el caso deTornatore y de Cinema paradiso. Esta excepcional película, merecedora del Gran Premio del Jurado en Cannes y del Oscar de Hollywood a la mejor producción en lengua no inglesa, supone la cima absoluta en la irregular filmografía de un realizador que, pese a algún que otro sonoro tropiezo, continúa siendo una referencia en el actual panorama del cine de su país.

Nacido el 27 de mayo de 1956 en Bagharia, cerca de Palermo, Tornatore tiene como primera vocación la fotografía, aunque termina dando sus primeros pasos artísticos como autor y montador teatral. Con tan sólo 16 años entra a trabajar en la RAI y logra poner en marcha un montaje con textos de Pirandello. Sus primeros escarceos con el cine se producen en el ámbito del documental; en 1982 es galardonado en el Festival de Salerno por su pieza Minorías étnicas en Sicilia. Su primera película data de 1986, se llama El profesor, y él mismo figura en los créditos como autor del guión. El actor norteamericano Ben Gazzara encarna en este film a un preso que cumple condena en una prisión italiana tras haber desafiado a un anciano jefe de la camorra. Desde el centro penitenciario intenta reorganizar el clan al que pertenecía al tiempo que planea su fuga. El director consigue ser nominado al David de Donatello, el máximo premio que concede el cine italiano, por su debut, pero la película pasa bastante desapercibida entre el público, y la crítica le dedica una acogida más bien tibia.

Tras esta “opera prima”, Tornatore toca literalmente el cielo con las manos. Llega Cinema paradiso, y con ella la gloria y el reconocimiento. Todo el mundo espera con ansiedad la siguiente película de Tornatore que se descuelga con una comedia dramática en torno al tema de la vejez, Están todos bien (1990). La película cuenta la historia de Matteo Scuro, un funcionario ya jubilado que decide recorrer Italia para visitar a sus cinco hijos, desperdigados por todo el país junto a sus respectivas familias. Matteo descubre cómo detrás de la aparente prosperidad en la que parecen estar instalados sus descendientes se esconde la tristeza y la frustración. El principal valor del film está por supuesto en la interpretación de su protagonista, Marcello Mastroiani, tan colosal como siempre. Pese a decepcionar a quienes esperaban otra película de Tornatore a la altura de su predecesora, la cinta obtuvo en general buenas críticas además del Premio del Jurado Ecuménico de Cannes. La música de Morricone, un habitual del cine de Tornatore, fue también recompensada con el David de Donatello. El film fue objeto de un remake hollywoodiense en 2009, Everybody´s fine a cargo de Kirk Jones con otro grande, Robert De Niro, sustituyendo a Mastroinanni en el rol principal.

Tornatore es el autor del cortometraje Ilcane blue, integrado dentro de una película de episodios, La domenica specialmente (1991)  en la que también participan otros tres directores, Francesco Barili, Guiseppe Bertolucci, y el más conocido a nivel internacional Marco Tulio Giordanna. Tras colaborar en 1993 un macroproyecto publicitario que se da en llamar The King of Aids junto a realizadores internacionales como David Lynch,Dario Argento o RidleyScott, el director italiano sorprende cambiando de tercio y pasándose al thriller psicológico. Además de ser una excelente muestra del género, Pura formalidad (1994) nos brinda la oportunidad de disfrutar de un duelo interpretativo de altura entre sus dos principales protagonistas, el francés Gérard Depardieu y el director franco-polaco RomanPolanski. Está claro que la elección de éste último, que suele prodigarse delante de las cámaras aunque son contadas sus intervenciones asumiendo papeles de protagonista, se debe al carácter opresivo y teatral del film, de esencias y atmósferas eminentemente “polanskianas” por tanto. Polanski y Depardieu son casi los únicos personajes que aparecen en este electrizante cara a cara que propone la película con la misteriosa aparición de un cadáver como fondo. Apasionante película con un final que te deja con la boca abierta, al más puro estilo de M. Night Shyamalan.

Siete años después de Cinema paradiso, Tornatore intenta emular el éxito de su gran obra maestra con El hombre de las estrellas (1995), otra propuesta que combina el retrato rural de la Italia de postguerra con la celebración del amor por el cine. El director nos lleva esta vez a la Sicilia de los años cincuenta para narrarnos la odisea de Joe Morelli, un pícaro que recorre la isla con una vieja cámara dispuesto a encontrar futuras estrellas del celuloide. Al menos, eso es lo que asegura ante los incautos aldeanos que se presentan a sus castings con el corazón convertido en un nido de sueños. Sergio Castellito, actor y director al que después hemos visto dirigir e interpretar junto a Penélope Cruz films como No te muevas (2004), fue el encargado de dar vida al protagonista de esta nueva comedia dramática que supuso para su realizador el primer David de Donatello de su carrera. En su año Cinema paradiso ni siquiera había ganado el premio a la mejor película que fue a parar a La leyenda del santo bebedor del recientemente fallecido Ermanno Olmi, elegido también mejor director en aquella edición. Otros reconocimientos que recibió El hombre de las estrellas fueron el Premio Especial del Jurado conseguido en la Mostra de Venecia o una nueva nominación al Oscar a mejor película extranjera, aunque esta vez la estatuilla voló hasta Holanda,y recayó en el film Antonia de la directora Marleen Gorris.

Tornatore cierra el siglo XX de manera muy oportuna con una adaptación de la obra de Alessandro Baricco Noveccento que en su traslado a la pantalla tomó el nombre de La leyenda del pianista en el océano. La acción se sitúa en uno de los últimos años del siglo XIX a bordo de un lujoso transatlántico en el cual oleadas de inmigrantes procedentes de Europa se desplazan hasta los Estados Unidos en busca de una nueva vida. El capitán del buque descubre a un recién nacido abandonado que con el tiempo se ha de convertir en un miembro más de la tripulación y desarrollará un don muy especial para la música. La eficaz interpretación de Tim Roth y la banda sonora a cargo del gran Morricone coronan un film que en ocasiones adolece de un ritmo algo cansino y de cierto engolamiento en la narración. Con Malena (2000), Tornatore parece recuperar el favor del público gracias a la historia del despertar sexual de un joven en la época de Mussolini y a la inestimable colaboración de la protagonista del film, una Monica Bellucci en todo su esplendor de talento y belleza. La película obtiene dos nominaciones al Oscar, una a la Mejor Fotografía y otra a la Mejor Banda Sonora que corre a cargo del incombustible Morricone.

El cineasta consigue en 2009 su segundo David de Donatello como director con La desconocida, un drama que aborda el tema de la inmigración. En 2009 tiene lugar uno de los mayores fiascos en la carrera del realizador que ese año inagura el Festival de Venecia con el drama semiautobiográfico Baaria. El film recorre cuarenta años en la vida de una humilde familia de cabreros desde la instauración del fascismo hasta la llegada de la democracia cristiana. La cinta resulta decepcionante y plomiza, y lo que es peor, tratándose de la obra más personal de su autor, todo suena a falso y a impostado. El crédito de Tornatore parece estar agotándose cuando en 2013 llega La mejor oferta, sugerente título que combina el thriller de intriga con el drama psicológico y que enfrenta a dos pesos pesados de la interpretación como son el australiano Geoffrey Rush y la leyenda estadounidense Donald Sutherland. Tercer David de Donatello para Tornatore que da la de arena en su siguiente y hasta la fecha último proyecto. La correspondencia es un confuso galimatías, una grotesca historia de amor en los tiempos de las nuevas tecnologías que ni el talento de Jeremy Irons ni la enigmática belleza de Olga Kurylenko pueden transformar en algo mínimamente digno.

Volvamos pues a los buenos tiempos, a los de Cinema paradiso, por supuesto. Lo cierto es que la película fue un rotundo fracaso en su estreno; el film fue presentado originariamente en un pequeño número de salas con una versión que se iba hasta los ciento cincuenta y cinco minutos; la crítica acogió la obra con frialdad, y la recaudación en taquilla fue tan pobre que desapareció de la cartelera a la semana siguiente de empezar a ser exhibida. Tornatore y los productores habían intentado cuadrar en tiempo récord un montaje más convencional con el objeto de que el film pudiese entrar a competición en el Festival de Venecia de 1988. Sin embargo, ante la imposibilidad de poder llegar a la Mostra, decidieron llevar a los cines la película tal cual estaba en un principio y con el metraje antes mencionado. Tras el descalabro del estreno inicial, se impuso un nuevo retoque hasta lograr una versión reducida de poco más de dos horas que quedaría como definitiva, y que es la que a la postre ha acabado emocionándonos  a todos. Con este nuevo montaje, Tornatore fue invitado a participar en el Festival de Berlín, pero su director se negó en redondo a incluir su cinta en la competición tras asistir a un pase privado de la misma. Cannes cogió el guante, y siempre dispuesto a tocarles las narices a sus rivales alemanes, consiguió llevarse la película para la Croisette. Y allí comenzó la leyenda. La película fue presentada en mayo a concursoen el certamen francés, consiguiendo el Premio Especial del Jurado, el segundo galardón más importante del palmarés por detrás de la Palma de Oro (que en aquella edición recaería en la estadounidense Sexo, mentiras y cintas de vídeo de Steven Sodergergh).

Y es que Tornatore finalmente sí supo acertar y darcon la tecla. La receta era simple; una historia universal y conmovedora sobre el paso de la infancia a la adolescencia y después a la madurez en la que la ternura y la nostalgia eran ingredientes fundamentales. El plato, sin embargo, no gustó a todo el mundo, y hubo quienes pensaron que el director italiano se había excedido con el azúcar y que el resultado era demasiado empalagoso. Por no hablar de aquellos detractores que acusaron directamente a la película de tramposa y artificial. Fueron los menos.

Cinema paradiso tiene como protagonista a Salvatore Di Vita, un famoso director de cine de origen siciliano que vive desde hace años en Roma dirigiendo películas. Una noche regresa a casa, y su novia le dice que ha llamado su madre dejándole el recado de la muerte de un tal Alfredo. Salvatore queda impresionado por la noticia, y decide partir al día siguiente hacia su pueblo natal, Giancaldo – que pisó por última vez treinta años atrás- para asistir al entierro. La película se convierte entonces en un largo flasback que nos hace testigos de los primeros años de vida del protagonista. Tornatore nos lleva a la Sicilia de los años cincuenta en un viaje cargado de magia. Salvatore, Totó como le conoce todo el mundo, es un avispado niño de seis años, hijo de una viuda de guerra, que descubre el amor por las películas en el viejo cine local. Allí inicia una relación de amistad con el proyeccionista, Alfredo, que le permite ver alguna de las películas desde la cabina. Alfredo acaba convirtiéndose en el padre al que Totó nunca llegó a conocer. A menudo, desde la cabina de proyección, los dos amigos pueden escucharlos abucheos del público presente en la sala cuando la película que están viendo en ese momento se interrumpe de forma súbita por un corte que generalmente coincide con el momento en el que los protagonistas se besan. Al párroco del pueblo, inflexible ante ese tipo de escenas que considera pecaminosas, no le tiembla el pulso a la hora de aplicar la censura y la tijera. Para Totó todo forma parte de un juego divertido y fascinante a la vez.

Una noche, durante el pase de una película, uno de los rollos se quema dentro del proyector provocando un incendio que destruye totalmente el cine. Totó salva la vida de Alfredo sacándole del local, pero no puede evitar que antes uno de los carretes explote en la cara de su amigo dejándole ciego. La sala es reconstruida y pasa a llamarse Nuovo Cinema Paradiso. A pesar de ser todavía un niño, Totó es contratado como el nuevo proyeccionista al ser el único vecino del pueblo que, gracias a las enseñanzas de Alfredo, conoce el funcionamiento de las máquinas.

Una década después, Salvatore es un apuesto joven que sigue exhibiendo las películas en el Nuovo Cinema Paradiso. Se fortalece su relación con Alfredo,y conoce a Elena, la hija de un rico banquero de la localidad, de la que se enamora. El joven comienza a experimentar con el cine usando una pequeña cámara casera; por supuesto, su primera musa será Elena a quien espía y filma en secreto. Tras cumplir el obligatorio servicio militar, Salvatore vuelve a Giancaldo para descubrir que su enamorada se ha mudado con su familia a la gran ciudad y ya no está. Alfredo le insta a abandonar también el pueblo y a perseguir sus sueños allá donde vaya.

De nuevo en el presente, Salvatore recibe el cariño de los giancaldinos durante el último adiós a Alfredo. Los más ancianos le reconocen y recuerdan su etapa como proyeccionista del cine del pueblo, que va a ser demolido para construir sobre su solar un estacionamiento de coches. La viuda del fallecido le da un carrete sin etiquetar que su marido le dejó al morir, y le dice que éste siempre siguió su carrera y se sintió orgulloso de sus éxitos. Salvatore vuelve a Roma, entra en una sala de proyección y se dispone a ver el carrete que se ha traído de su pueblo natal. En pantalla comienzan a aparecer las escenas de los besos de las viejas películas que proyectaba Alfredo en el viejo cine; él mismo se había encargado de empalmar pacientemente los fotogramas que el cura ordenaba tirar al cubo de la basura para hacer con ellos una sola película, el mejor legado que le puede dejar a su protegido. Salvatore vuelve a ser Totó por unos instantes en los que logra por fin saldar cuentas con el pasado. Una escena mágica ante la que es imposible no emocionarse (el proyeccionista que se ve fugazmente en los primeros segundos del video es el propio Tornatore que quiso aparecer en su película en este breve - y significativo- cameo).






No es éste el único momento de la película que consigue ponerte el vello de punta (aunque tal vez sí se trate del más conocido). La emoción se esparce a lo largo de todo el metraje y queda concentrada en escenas como la de la despedida de Totó y Alfredo, o el fragmento en el que se narra la fábula sobre la princesa y el soldado que a su vez acompaña la historia de amor entre Salvatore y Elena. Especialmente mágica es esa otra secuencia en la que, debido a que una multitud se ha quedado sin poder entrar a la sala a ver la película de la noche, Alfredo consigue proyectarla en la plaza usando como pantalla la fachada de un caserón contiguo al cine (la película en cuestión es Los bomberos de Viggiu (Mario Mattoli, 1949), y el instante precede curiosamente al incendio del cine).

 En cualquier caso, el triunfo de Cinema paradiso se debe casi a una conjunción astral, a  la combinación perfecta de una serie de elementos técnicos y artísticos que hicieron de la película un hito irrepetible.  Liderando el primer apartado, hay que resaltar en primer lugar, por supuesto, al gran Ennio Morricone, autor de una banda sonora convertida hoy en día en todo un clásico (su hijo Andrea compuso el no menos memorable tema de amor del film). Destaca igualmente labor de la dirección artística que recrea al detalle y de forma primorosa la Italia de la época y la fotografía de Blasco Giurato. A ello hay que añadir el impecable plantel de actores que trabaja en el film y que está encabezado por los franceses Philipe Noiret y Jacques Perrin (el film es una coproducción con el país galo). A sus 59 años, Noiret encontró en el Alfredo de Cinema Paradiso al personaje de su vida, y eso que ya por entonces había ganado dos Césars y había trabajado a las órdenes de Hitchcock (Topaz, 1969) o Marco Ferreri (La gran comilona, 1973). Posteriormente, el veterano actor francés dio vida al poeta chileno Pablo Neruda en Il postino (Michael Radford,1994), otro gran éxito del cine italiano de final de siglo. Por su parte a Perrin, que interpreta en el film al Salvatore adulto, lo conocimos formando pareja  artística con la bella Claudia Cardinale en la estupenda La chica de la maleta (Valerio Zurini). Curiosamente, más tarde Perrin aparecerá en otro de los grandes hitos del cine de su país, Los chicos del coro (Christophe Barrault, 2004), en un papel muy similar al que encarnó en la cinta de Tornatore, dando vida al personaje protagonista en su edad madura (con menor protagonismo eso si).

No obstante, si hay un personaje que definitivamente nos conquista en Cinema Paradiso es el del niño Totó al que interpreta el actor infantil Salvatore Cascio. Su sonrisa traviesa y su chispeante mirada le robaron el corazón a medio mundo. Cascio contaba ocho años cuando fue elegido para participar en la película después de que Tornatore le viese actuar en un show del Canal 5 de la televisión italina, aunque, tras una brevísima carrera como actor, se retiró de los focos y del mundillo del show bussines. En la actualidad, a sus 39 anos, Cascio regenta varios negocios de hostelería en Pallazzio Arcadio, su localidad natal y el pueblo donde se rodó Cinema paradiso; uno de ellos, un Bed and Breakfast, lleva el nombre de L´Oscar di Sapoi, en clara alusión al premio que ganó la película que le dio la fama.

Cascio fue una de las grandes sorpresas del film y se llevó contra pronóstico uno de los cinco BAFTA que se llevó la película, elegida también por los británicos como mejor producción en la edición de 1991.  La cinta de Tornatore pasó por encima de Uno de los nuestros, la obra maestra de Scorsese o de Paseando a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989) que había ganado el Oscar a la Mejor Película un año antes. Mientras, Noiret era elegido mejor actor arrebatándole el premio a Tom Cruise (Nacido el cuatro de julio), Sean Connery (La caza del octubre rojo) y Robert de Niro (Uno de los nuestros), y el joven Cascio superaba en la pugna al mejor secundario del año a auténticas vacas sagradas de la interpretación como Al Pacino, Alan Alda o John Hurt (por Dick Tracy, Delitos y faltas y El prado respectivamente).



Además de todo, Cinema paradiso se inscribe dentro de un tipo de películas que a cualquier amante del Séptimo Arte le tiene ganado el corazón. Se trata del denominado subgénero del “cine dentro del cine” casi tan viejo como el  invento de los Lummiere. Como el resto de disciplinas artísticas, el cine se vale de sus propias herramientas para reflexionar sobre su propia naturaleza o los resortes que mueven los distintos procesos de creación. A modo de cajas chinas, de repente podemos encontrarnos con una película que a su vez está dentro de otra película, y así sucesivamente hasta hacernos concluir que quizá nuestra vida sea también una película. Ya en El moderno Sherlock Holmes (1924), el genial Buster Keaton hacia que uno de los personajes de la película traspasara la pantalla para confundirse con los propios espectadores que la estaban viendo en ese momento. La idea sería copiada años más tarde por Woody Allen para escribir otra de las más hermosas declaraciones de amor al cine de todos los tiempos, la maravillosa – y una de las películas de mi vida- La rosa púrpura del Cairo (1985)

Está claro que el subgénero del metacine ofrece muchas posibilidades a quienes hacen las películas que, no olvidemos, han sido cinéfilos antes que cineastas. Tal vez, como espectadores, los films de este tipo con los que más podemos identificarnos son aquellos como Cinema paradiso o la mencionada cinta de Allen que describen la fascinación que el cine y las películas son capaces de ejercer sobre nosotros.  O como Splendor (1989) con la que el maestro Ettore Scola quiso rendir homenaje a los cines de nuestra infancia en una película con el gran Marcello Mastroiani y el prematuramente malogrado Massimo Troisi en lo alto del cartel. La película tenía encanto y resultaba agradable de ver, pero el recuerdo de la obra maestra de Tornatore estaba demasiado reciente.

Puede que para entonces ya todos llevásemos metida muy dentro del alma la sonrisa pícara de Totó. Y puede que hubiésemos encontrado en Alfredo la figura de un mentor y un maestro, nadie como él para recordarnos que el cine es capaz de hacernos siempre mejores personas y que nunca dejará de ser nuestro mejor refugio.






jueves, 19 de julio de 2018

GUUUUD MORNINS 19-07-2018

Cuando salí de ver en el cine "Una cara con ángel" allí lo tuve claro: quería hacer vestidos como esos, y así se lo dije a mi madre". (Yvonne Blake)


   Guuud mornins cinéfilos. Jueves 19 de Julio, el verano avanza ya imparable, las vacaciones se acercan lento pero seguro y por éstos lares comienza a sonar el Jazz, preludio de la semana musical más placentera del año, la del Jazzaldi.  Uno de los mejores planes del año suele ser el de escuchar un concierto sentado en la arena de la Zurriola y el de éste año promete, con la cantante Izaro de protagonista.

  Generalmente dedicamos ésta nuestra querida sección a actores y actrices, la cara visible de las películas, o a los directores, responsables máximos del resultado final. Pero no hay que olvidar que detrás de una película hay muchos  profesionales cuya óptima labor es imprescindible para conseguir una buena película. 

  Una de ésas profesionales nos ha dejado ésta semana: Yvonne Blake, presidenta de la Academia del Cine, a la que dedicamos el gus de hoy. Ybonne vio claro desde muy joven que a lo que quería dedicarse era al vestuario cinematográfico y a ello puso todo su empeño. Después de varios trabajos como ayudante, su primer largometraje como responsable de vestuario fue en "La Venus de la Ira", film protagonizado por Sophia Loren. poco a poco le fueron viniendo propuestas, entre ellas la de "Fahrenheit 451" de Francois Truffaut. 

  Volvió a su Inglaterra natal para trabajar en "Charlie Bubbles", "La nueva caja de Londres" o "El último valle" con Michael Caine y Omar Shariff.

  Por aquella época, años 70, trabajo en varios proyectos en españa, como "Duffy el único", con james Coburn y James Mason, o "A talent for loving", donde conoció a su futuro marido Gil Carretero, uniéndose a nuestro país para siempre.

  En 1971 ganó el Oscar por el vestuario de "Nicolás y Alejandra", de Franklin Schaffner, película sobre la vida del último zar de Rusia. Consolidada en el mundo cinematográfico, a éste premio le siguieron proyectos como "Una hora en la noche", con Elizabeth Taylor, o "Jesucristo Superstar", trabajo por el cual fue nominada al Bafta. 

  Directores muy diferentes entre ellos confiaron en su trabajo. Con Richard Lester realizó los vestuarios de "Los tres mosqueteros", "Los cuatro mosqueteros" o la deliciosa "Robin y Marian", interpretada por Sean Connery y Audrey Hepburn. Lo que seguro que no pensaba era que su trabajo en "Superman", de Richard Donner, sería el que más perduraría en la mente de los aficionados al cine,debido al gran éxito de la película. Lograr el tono azulado perfecto para diferenciarlo de la pantalla azul de los efectos especiales, según Yvonne, lo que más le costó. Lo de colocar los calzones del héroe por encima del pantalón queda también para la historia del cine. 

  Vistió a Ava Gardner en la serie "Harem" y trabajo en films tan dispares como "La sala de las muñecas" de Jaime Chavarri o "Las aventuras de Enrique y Ana".

  Con el director Gonzalez Suarez trabajón en varias películas, como "Don Juan en los infiernos" o "Remando al viento". Vicente Aranda fue también otro director que confió en ella en varios proyectos como "Tirante el blanco" o "Carmen", film por el que ganó un Goya, como también lo hizo por "Canción de Cuna", de José Luis Garci. 

  Y tenía tanto humor que cuando subió en la gala de los Goya a dar el discurso como presidenta de la academia, soltó aquella frase que hizo reir a todos: "Soy una experta en paquetes". 

    Descanse en paz, Yvonne Blake.

MOSAICO DEL DÍA




CANCIÓN DEL DÍA

  


      

martes, 17 de julio de 2018

GUS MORNINS 17/7/18

“Cuando era joven, opté a un buen papel en el cine. ¿Sabe lo que me dijeron? Me dijeron “Lo siento, este papel es para el típico buen chico de la puerta de al lado” y tú no vales para ser el típico buen chico de la puerta de al lado de nadie”
                                                                               Donald Sutherland
Es de justicia hacerle un gus a este chico que no podía ser bueno al lado de nadie. Aparte de que es un actor que me gusta muchísimo, resulta que cumple la provecta edad de 83 años y, para mí, es uno de los más grandes. Al respecto hay una pequeña anécdota familiar con él y es la siguiente: Mis padres han veraneado muchísimos años en Cullera (de hecho, mi padre falleció allí). En una de esas quisieron hacer una excursión programada que se hacía por la costa para ver las formaciones montañosas de la zona y demás. Casi más una excusa que una finalidad. El caso es que mientras esperaban para embarcar en una cola de unas veinte o veinticinco personas, mi madre se fijó en un tipo que estaba allí, en la misma cola. Estaba sentado en un poyete de piedra y miraba hacia el suelo, esperando pacientemente. Mi madre se le fue acercando poco a poco porque el caso es que le sonaba muchísimo la cara, pero no acababa de verlo bien. Hasta que llegó a ponerse enfrente de él con esa cara que ponen algunas personas cuando ven a algún famoso como si fuera un animal del zoo. Él la miró con cierta cara de fastidio y con un español bastante bueno aunque con acentazo, le dijo:
-Sí, señora. Soy Donald Sutherland.
Al momento, todos los que habían visto dos películas se arremolinaron y demás. Él decidió atenderlos a todos y mi madre, la pobre, se le acercó después y le dijo:
-. Ay, perdone, lo siento. No quería molestarle. Pero en mi familia nos gusta mucho el cine y no es nada normal ver a un actor tan bueno por aquí. Perdone ¿eh?
-.No se preocupe, señora. Es el precio de dedicarse a esto. Lo que espero es que durante la travesía me dejen disfrutar.
Efectivamente, así fue. Nadie le dijo nada durante la travesía, que duraría unos cuarenta minutos. Luego, al desembarcar de vuelta, Sutherland se acercó a mi madre y, dándole la mano, le dijo:
-.Señora, ha sido un placer.
No se despidió de nadie más.
El caso es que este actor canadiense quería ser ingeniero y estudió durante dos años la carrera en la universidad de Toronto (es canadiense de nacimiento), pero pronto vio que aquello no le gustaba demasiado y pronto convenció a sus padres para que le financiaran la posibilidad de irse a estudiar a Londres a la prestigiosa LAMDA (Academia de Arte Dramático Londinense). Si nos fijamos un poco en su forma de actuar, veremos que Sutherland tiene muchas maneras británicas antes que americanas.
El caso es que los primeros pasitos de Donald Sutherland fueron en los teatros del West End y apareciendo en las películas de terror de la Hammer al lado de Christopher Lee. Se le puede ver como enfermero del navío de guerra Bedford en Estado de alarma, de James Harris, el socio en la sombra de Stanley Kubrick, al lado de Richard Widmark y Sidney Poitier y también fue cogiendo cierta importancia en diversas series de televisión casi siempre de forma episódica. Sin embargo, un papel secundario le cayó llovido del cielo y fue el del soldado, no demasiado inteligente, pero valiente a rabiar, Vernon Pinkley de Doce del patíbulo, de Robert Aldrich. A pesar de que había otros papeles con más peso, Sutherland consiguió llamar la atención, especialmente por aquella escena en la que tenía que hacerse pasar por un general que seguía un entrenamiento de paracaidista de incógnito. A partir de ahí comenzaron a ofrecerle papeles de mayor importancia en producciones que no tenían demasiada, hasta que Robert Altman decidió que aquel tipo tenía la presencia burlona suficiente como para interpretar al cirujano Hawkeye Pierce de M.A.S.H. La película catapultó a la fama a sus protagonista, especialmente a Sutherland y a Elliott Gould y comenzaron a caer los papeles inolvidables.
Después del esfuerzo de desdoblarse en dos papeles en la divertida Empiecen la revolución sin mí (en un intento de parodia de Historia de dos ciudades, de Dickens), le cae en suerte otro de sus personajes inolvidables. El sonado Oddball de Los violentos de Kelly, ese tipo al mando de un tanque Sherman que se ofrece para ser el apoyo blindado a un atraco a cierto banco francés detrás de las líneas enemigas. Su papel permanece en la memoria de los que nos reímos una y otra vez con las ocurrencias de este tipo que va hasta arriba de hierba con un juguete demasiado peligroso y que ladra cuando se pone muy contento.
Después de interpretar a Jesucristo en la imaginación del malhadado protagonista de Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo; Sutherland se hace cargo del papel del detective John Klute en Klute, de Alan J. Pakula, una oscura película, muy turbia de intenciones y apasionante en cuanto a relaciones, que le emparejó con Jane Fonda (con quien le encantó trabajar) y que significó el primer Oscar para ella y el primero de los olvidos que la Academia cometió con él, que ni siquiera le ha llegado a nominar una vez.
Repite con Jane Fonda en la fallida Material americano, e incorpora a un ladrón de guante blando complicado con una chica que también le va el trinque en Fría como un diamante. A continuación, protagonizó una de las películas más escandalosas de los setenta, Amenaza en la sombra, donde interpretó unas cuantas secuencias demasiado subidas de tono para la época al lado de Julie Christie, otra actriz que admiró siempre profundamente.
Uno de sus papeles más impresionantes, es el del fascista sádico y cruel Attila que Bernardo Bertolucci creó para él en Novecento. Su interpretación es tan increíble, tan inquietante y tan brutal que, en muchos momentos, llega a eclipsar los trabajos de Robert de Niro y de Gerard Depardieu. De hecho, le pareció que su papel era tan malvado que durante muchos años se negó a ver su propia interpretación, asustado por lo que había conseguido.
Una interpretación suya que me parece fantástica es la de Giacomo Casanova en el Casanova, de Federico Fellini. Su creación me parece brutal, haciendo del mítico conquistador más un monstruo de la naturaleza que otra cosa. Totalmente rechazable por el físico pero dotado de unos atributos envidiables, con una imaginería alrededor en la que destaca el mar Adriático hecho con plástico y con un malsano toque paródico que hace de ella un trabajo único.
También habría que destacar su revolucionario irlandés que trabaja para los nazis en la estupenda Ha llegado el águila, de John Sturges, una película que ha ido ganando reconocimiento según ha pasado el tiempo. Su irlandés, redimido por el amor, y que por su militancia con el IRA se une a la huestes de Hitler, simplemente porque comparten el enemigo común del gobierno inglés, es maravillosa, con matices estupendos y pendencieros y ciertamente inteligente.
También fue el carterista más hábil de la Inglaterra victoriana en El primer gran asalto al tren, de Michael Crichton, al lado de un fantástico Sean Connery al que consigue hacer, en algún momento, de complemento perfecto; el perseguido Matthew Bennell de la versión que Philip Kaufman creó de La invasión de los ultracuerpos (¿quién no se acuerda de esa última escena en la que señala monstruosamente a la chica?), al científico Frank Lansing de la aceptable Operación Isla del Oso; al traumatizado, neutro y pasivo padre de Timothy Hutton en la oscarizada Gente corriente, de Robert Redford, en una interpretación que ha ganado enteros según ha pasado el tiempo y que pasa por ser un prodigio de introversión.
Uno de sus papeles mayúsculos, quizá el mejor de todos, es el del espía Faber, apodado “La aguja” en la adaptación de la novela de Ken Follett La isla de las tormentas que llevó por título El ojo de la aguja. Una auténtica maravilla de trabajo. También podríamos destacar sus trabajos en películas no demasiado conocidas, pero muy destacables como la estupenda Hola, Míster Dugan, de Herbert Ross; o la adaptación de la novela de Agatha Christie Culpable de inocencia; o la encarnación de ese sacerdote que escucha lo que no tiene que oír en Los crímenes del rosario; o, siendo una película claramente mediocre, cómo hace un malvado impresionante, terrible, que se come a todos en Encerrado, a mayor gloria de Sylvester Stallone; o el fantástico papel que hace luchando por los derechos de la gente de color en Sudáfrica en Una árida estación blanca, al lado de un enorme (en todos los sentidos) Marlon Brando; o ese loco pirómano que “sólo sueña con prenderle fuego al mundo” en una aparición antológica al lado de Robert de Niro en Llamaradas; o su colaboración con Werner Herzog en una película montañosa y montañera como es Grito de piedra, rodada en el Aconcagua; o esa aparición fulgurante, bestial, llena de fuerza y de sentido que hace en JFK, de Oliver Stone; o la sabiduría que destila como el mentor de Matthew McConaughey en ese apasionante drama judicial que es Tiempo de matar; o, por supuesto, esa encarnación de rígido oficial ruso que apoya al forense interpretado por Stephen Rea en esa maravilla que se rodó para televisión pero que se estrenó en salas comerciales con el título de Ciudadano X, por la que ganó el Globo de Oro al mejor actor en una producción televisiva. Y es, casi, lo mejor de esos cuatro viejos amigos que se reúnen de nuevo para una última misión en el espacio del Space cowboys, de Clint Eastwood.
El año pasado fue premiado con el Oscar honorífico por toda su carrera. Dudo mucho que alguien lo merezca más que él. En una de las presentaciones de la velada, Jenifer Lawrence decía que “hablar con Donald Sutherland es un ejercicio de dualidad constante. Es tremendamente amable y agradable y, sin embargo, tienes la sensación de que algo va muy mal, como si la inquietud estuviera allí charlando contigo”.
Cuando recibió el Oscar contó que le llegó la noticia mientras estaba de vacaciones en Italia con su mujer, Francine. Dice que le llamaron al móvil y que, como no conocía el número, colgó. Volvieron a llamarle y volvió a colgar. Por fin, le llamaron de otro número que sí conocía y lo cogió. Resultó ser el teléfono particular del Presidente de la Academia, John Brightley, que le dijo: “Menos mal que lo has cogido. Si no lo llegas a hacer, le damos el Oscar de honor a otro”.
En cuanto a las anécdotas de su vida, podríamos decir que a la edad de catorce años consiguió su primer trabajo. Posee también una voz estupenda y le contrataron para decir las noticias en la emisora de radio local de Bridgewater, Nueva Escocia, donde vivía.
Se casó tres veces. Sin hijos en la primera tentativa, con dos en la segunda (ahí nació Kiefer) y tres con Francine, su actual mujer y la más duradera.
Es muy alto de estatura (1,94), pero uno de sus “defectos” a la hora de interpretar es que tiene que mirar al actor o actriz que comparte escena con él a los ojos, si no, no se concentra bien. Por eso, es frecuente que compañeros más bajitos que él tengan que subirse a cajones para alcanzar su altura, o, incluso, meterse él mismo en hoyos.
En 1979 estuvo a punto de fallecer debido a que contrajo meningitis. De hecho, falleció durante algunos minutos y volvió a revivir. Él declaro que había tenido una experiencia extrasensorial durante ese período y que pudo ver y sentir claramente cómo el alma se le salía del cuerpo.
Uno de sus pasatiempos preferidos cuando no está rodando es esculpir. Dicen por ahí que es bastante bueno.
Una de las cláusulas que incluye en sus contratos es que la primera escena de las películas en las que interviene sea la última en rodarse porque así tiene cogido el tono al personaje y ayuda al espectador a meterse más rápidamente en el momento.
Es un fan confeso de la serie 24. No sólo porque aparece Kiefer como protagonista, sino porque le parece la mejor serie que se ha hecho nunca para televisión.
Prestó su voz para el documental que se realizó para ilustrar los juegos olímpicos de invierno en Vancouver y además financió el programa de apertura en el que también se incluía una pequeña semblanza sobre la historia general de Canadá.
Es un aceptable jugador de béisbol. Le encanta asistir a partidos de la liga canadiense.
No lee ninguna crítica de ninguno de sus trabajos desde que Pauline Kael le puso a caer de un burro por su trabajo en Como plaga de langosta, de John Schlesinger. Desde entonces cree que los críticos son francamente estúpidos.
Como muestra, un gran botón. Ahí le tenéis en su aparición en JFK, de Oliver Stone, compartiendo escena única y exclusivamente con Kevin Costner. Sé que estáis muy liados, pero si tenéis quince minutos, merece la pena. Es casi una película dentro de la misma película.


Y como mosaico, aquí le tenéis. El gran Donald.




lunes, 16 de julio de 2018

EL CINE EN CIEN PELÍCULAS (XXII)


Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como me siento en Tiffany’s, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato.




DESAYUNO CON DIAMANTES (Breakfast at Tiffany´s) USA, 1962. Dir Blake Edwards, con Audrey Hepburn, George Peppard, Patricia Neal, Martin Balsam, Mickey Rooney, José Luis de Villalonga (115 min)

Es indudable que Blake Edwards siempre tuvo un don especial para la comedia. Ahí están desde luego títulos como Días de vino y rosas, uno de los más certeros y desgarradores acercamientos que ha hecho el cine al mundo del alcoholismo, o Chantaje contra una mujer (ambas de 1962) para corroborar que la aportación del director a otros géneros como el drama o el thriller no es cosa menor; lo cierto es que siempre que se evoca su figura, casi lo primero que le vienen a uno a la cabeza son películas como El guateque (1969), ¿Víctor o Victoria? (1982), o por supuesto la saga de La Pantera Rosa y la película de la que hoy hablamos.

Y es que Edwards atribuía a la comedia el poder de seguir manteniendo su salud mental en el mundo loco y disparatado que describió en tantas de sus películas. Había nacido en Tulsa, Oklahoma, en 1922, pero el segundo marido de su madre, Jack, trasladó pronto a su nueva familia hasta California para intentar prosperar en el mundo del espectáculo. El joven Blake comenzó a trabajar como actor y doblador de radio, tarea que compaginaba con la labor de productor y guionista en el mismo medio. En el cine debutó como actor en un pequeño papelito, nada menos que junto a Spencer Tracy en Dos en el cielo (Victor Fleming, 1943). Como guionista para la gran pantalla debutó escribiendo para el director Lesley Sanders el western Imperio del crimen (1948), pero sería al lado de Richard Quine cuando se curtiría realmente en esta faceta.  Su debut en la dirección se produjo precisamente en una comedia coescrita con Quine que llevaba por título Venga tu sonrisa (1955), en uno de sus siguientes trabajos, El temible McCory (1957) coincidió por primera vez con el compositor Henry Mancini, que con el tiempo se convertirá en uno de sus más asiduos colaboradores.

 Al tiempo que sigue trabajando para la televisión, Edwards comienza a hacerse un nombre como realizador cinematográfico gracias a títulos como Vacaciones sin novia (1958) u Operación Pacífico (1959) con Cary Grant y Tony Curtis en la cabecera del reparto. Los años sesenta constituyen el periodo más prolífico en la obra del cineasta, pues en él encontramos algunos de sus films más emblemáticos como los ya citados dos párrafos más arriba.  No obstante, la película más popular de esta etapa es La pantera rosa (1963) que supondrá el inicio de una famosa saga con el atolondrado inspector francés Clouseau como protagonista absoluto. El ciclo de la Pantera Rosa está compuesto por siete películas realizadas a lo largo de casi tres décadas; en las cinco primeras, el papel de Clouseau fue interpretado por el inglés Peter Sellers que aceptó el papel después de que Peter Ustinov lo rechazase. Edward y Sellers volverían a formar un tándem impagable en El guateque (1968), delirante comedia en la que el cineasta rinde homenaje al “slapstick” del viejo Hollywood. En los 60, aún hubo un hueco para la risa en films como La carrera del siglo (1965) o ¿Qué hiciste en la guerra, papi? (1966).

En 1969, el director se casa con la actriz Julie Andrews, la inolvidable Mary Poppins o la María de Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1964), a la que dirigirá en siete películas y con la que formará una de las parejas más estables de Hollywood (ya no se separará de ella hasta su muerte). En el siguiente decenio, Edwards comienza a experimentar con otros géneros como el musical – Darling Lily, 1970-, el western – Dos hombres contra el Oeste, 1971-, la intriga – Diagnóstico asesinato, 1972- o el cine de espías – La semilla del tamarindo, 1974. Su única incursión en el terreno de la comedia durante esos años se produce con 10, la mujer perfecta, fallido enredo al servicio de la sex symbol del momento, Bo Derek.

Tampoco es afortunada la entrada de Edwards en los ochenta con S.O.B (1981), una sátira demasiado aparatosa sobre el mundo del cine y que tenía como principal reclamo un motivo digamos que extra cinematográfico – “Julie Andrews, por primera vez desnuda en pantalla”, rezaba la publicidad de la época. Un año más tarde, también dirigiendo a su esposa, el cineasta conseguía la única nominación al Oscar que obtuvo en toda su carrera, la conseguida por el guión adaptado de ¿Víctor o Victoria?, deliciosa puesta al día de una vieja comedia musical alemana de los años treinta. En los años siguientes, Edwards seguirá cultivando su género favorito, regalándonos trabajos como Cita a ciegas (1987), ya todo un clásico en el que destacaba la arrolladora química que llegaba a establecerse entre sus dos protagonistas principales, Bruce Willis y Kim Bassinger. A considerar también Asesinato en Beberly Hills (1988) de nuevo con Willis en la piel del legendario actor Tom Mix, o Una cana al aire (1989) con un deslumbrante gag que tiene a dos preservativos como protagonistas. Me gustaría añadir por último a la lista Así es la vida (1986), emotiva comedia dramática con una Julie Andrews y un Jack Lemmon absolutamente inconmensurables, y que personalmente considero una pequeña obra maestra.

La carrera de Blake Edwards se cierra definitivamente en los noventa de forma bastante discreta con Una rubia muy dudosa (1991) a mayor gloria de Ellen Barkin y El hijo de la Pantera Rosa, nefasto cierre de la famosa franquicia con el italiano Roberto Benigni tratando de sustituir al insustituible Sellers. Se trata de dos pequeños fiascos que en absoluto tendrían que empañar la trayectoria de uno de los cineastas más carismáticos que ha dado el cine norteamericano a lo largo de su historia. Edwars recibiría en 2004 un Oscar honorífico por el conjunto de su obra, y moriría seis años después, el 15 de diciembre de 2010, en su residencia de Santa Mónica rodeado de todos los suyos.



De todas cuantas adaptaciones cinematográficas se hicieron sobre la obra literaria de Truman Capote, la película que hoy comentamos es de largo la más popular; como veremos más adelante, el escritor siempre renegó del film –la verdad es que sus razones tenía. La relación de Capote con el cine es intensa, aunque pocas de sus novelas serían finalmente llevadas a la pantalla.  El escritor figura en los créditos como coguionista de la magistral Suspense (Jack Clayton, 1961); también para Clayton escribió un primer borrador de El gran Gatsby, la película que el director estrenaría a mediados de los setenta basándose en el clásico de Scott Fitzgerald, pero la Paramount se lo rechazó, encargándoselo posteriormente a Francis Ford Coppola. Como actor es recordado por su aparición en la comedia Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976), aunque también es reseñable el divertido cameo que tiene en Annie Hall (Woody Allen, 1977). En este film, hay una escena en la que Annie y Alvin están sentados en un banco en el parque jugando a especular sobre la vida privada los viandantes. De repente, él se vuelve hacia ella, le llama la atención sobre alguien que ve a lo lejos y le dice algo así como “Mira, ese tío es igualito a Truman Capote” (naturalmente, se trata del propio Truman Capote).

Pero hay más. La reconocida amistad entre Capote y la escritora Harper Lee es la causa de que esta le incluyera como uno de los personajes de su semiautobiográfico best-seller Matar a un ruiseñor como uno de los compañeros de juego de la niña protagonista. El actor infantil John Megna dio vida al futuro novelista en la maravillosa versión que del libro hizo Robert Mulligan en 1962.
Detrás de la adaptación de Desayuno con diamantes se sitúa en orden de celebridad la de A sangre fría. La novela con la que Capote inaguraría todo un género (el llamado non-fiction-novel).cambiando para siempre las relaciones entre literatura y periodismo fue llevada al cine en 1967 por Richard Brooks. La obra, basada en hechos reales, recreaba el asesinato de una humilde familia de granjeros de Kansas a manos de dos ex – presidiarios. Paul Newman y Sreve McQueen sonaron en un principio para interpretar a los dos criminales – hubiese supuesto la primera colaboración entre los dos rubios de oro antes de El coloso en llamas-, pero finalmente la labor recayó en dos desconocidos para el gran público como eran Robert Blake y Scott Willson.
Cinco años estuvo inmerso Capote en el proceso de elaboración de la novela, recopilando datos y llevando a cabo un minucioso proceso de investigación que incluía visitas a la prisión para entrevistar a los protagonistas. El escritor, que se hizo acompañar en todo momento por su inseparable Harper Lee durante este proceso, quedó tan marcado por el mismo que prácticamente dejó de publicar a partir de entonces. Hace unos años, dos películas sobre la figura de Capote ilustraban este episodio (no eran tanto un biopic del personaje, como un acercamiento al proceso de creación de A sangre fría). El malogrado Philip Seymour Hoffman recogía en 2005 el Oscar al Mejor Actor por su asombrosa recreación del genio en la película de Bennet Miller que llevaba por título el nombre del escritor, mientras que poco después era Toby Jones el encargado de darle vida en Historia de un crimen (Doulas McCraft, 2006).

Otras novelas de Capote llevadas a la gran pantalla han sido Otras voces, otros ámbitos (David Rocksavage, 1955) y El arpa de hierba, cuya versión cinematográfica en 1995 corrió a cargo de Charles Matthau, hijo de Walter que protagonizaba el film junto a su amigo Jack Lemmon y Sissy Spacek.



Poco podía imaginarse Truman Capote cuando publicó en 1958 Breakfast at Tiffany´s que la adaptación cinematográfica de su relato se acabaría convirtiendo en el paradigma de la comedia sofisticada en el Hollywood de la época, en sinónimo de lujo y glamour. Capote había imaginado a dos personajes absolutamente marginales y solitarios, perdidos en la inmensidad de Nueva York dentro de una obra que incluía explicitas referencias a tabús como la homosexualidad, el aborto, la prostitución o el consumo de drogas. Su protagonista era Holly Golightly, una muchacha tejana de diecinueve años que vivía en el Upper East Side y había logrado introducirse en los círculos de la alta sociedad neoyorkina saliendo siempre con adinerados hombres maduros. La novela describe la relación de amistad entre la joven y el narrador de la novela,  un aspirante a escritor anónimo que además es su vecino. Estamos en tiempos de la II Guerra Mundial y la acción se extiende durante todo un año, aunque en el texto apenas ocurre nada, y Capote prefiere centrarse en la descripción de personajes y de ambientes, uno de los fuertes de su escritura.

Al final, el director Blake Edwards y de manera muy especial el guionista George Axelrod serían los encargados de trasladar la novela a la gran pantalla y de darle la vuelta a la tortilla. Para sortear la censura, era necesario eliminar todos los elementos escabrosos que aparecían en el libro de Capote e introducir una serie de modificaciones que acabarían convirtiendo la película en la comedia romántica que el autor de A sangre fría nunca escribió.  Los cambios más notorios afectaban al dibujo de los dos protagonistas principales y a la relación que se establecía entre ambos.
Y así, Holly, que en el original literario era descrita como una joven con un sentido de la moralidad algo dudoso, y que además de prostituta de lujo era bisexual, en el film se convierte en una muchacha provinciana e ingenua que en la gran ciudad descubre el glamour y la sofisticación para hacer de ellos su mejor arma de seducción.  Por supuesto, con todos estos rasgos, la persona ideal para encarnar al personaje no era otra que Audrey Hepburn, aunque poco o nada tenía que ver con la Holly Golightly que había imaginado Capote. El escritor se mostró siempre muy disgustado con la elección de Hepburn, a pesar de que consideraba a la actriz una gran amiga suya; él hubiese preferido la carnalidad de una Marilyn Monroe, en quien, de hecho, los productores de la Paramount habían pensado en un principio para encarnar a la protagonista (en una película que hubiese dirigido John Frankenheimer). En los últimos años de su vida, Capote llegaría a declarar que Jodie Foster, que en aquella época tenía justo la edad del personaje, hubiese sido la Holly Golightly perfecta. Por cierto, quien también interpretó a Holly, aunque sólo por unos días, fue Mary Tyler Moore, la legendaria chica de la tele y la madre terrible de Gente corriente (Robert Redford, 1980), en una versión musical de la obra que se representó con escaso éxito en Broadway durante 1966. En cualquier caso, hoy nos resulta impensable imaginar Desayuno con diamantes sin otra Holly que no sea Audrey Hepburn.

Fuese o no fuese la Holly Goligthly creada por Capote, lo cierto es que Audrey sí resultó ser la Holly de Blake Edwards, y la que requería la película. La actriz hizo suyo al personaje transformándolo en un icono del glamour y la sofisticación que ha llegado hasta nuestros días. Nadie ha lucido nunca en pantalla un Givenchi ni unos sombreros tan especiales con tanta solvencia como Audrey Hepbrun. El papel le llegó en un momento especialmente feliz de su vida, tras el nacimiento de su primer hijo que a su vez sirvió para rescatarla de la depresión que le había provocado un aborto anterior. Audrey consiguió gracias a este trabajó su cuarta nominación al Oscar, ocho años después de que la primera le hubiese reportado también su primera y única estatuilla, cuando, siendo apenas una desconocida, interpretó el papel de la princesa que quería ser plebeya en Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953), y apuntaló esa imagen de serena elegancia que le acompañaría el resto de su vida.

Pero el de la protagonista femenina no fue el único personaje que sufrió cambios al pasar del papel a la pantalla. Para rebajar el tono de amargura que destilaba la Holly de Capote, el guionista Axelrod pensó que lo mejor era ponerle enfrente una especie de alma gemela. Fue así cómo convirtió al anónimo y homosexual narrador de la novela en Paul Verjak, el galán enamorado de la chica A Verjak se encargó de darle vida George Peppard, un actor formado en la célebre escuela neoyorkina del método, y que aquí se enfrenta al papel más importante de toda su carrera en el cine (décadas más tarde se haría enormemente popular por su rol de Hannibal Smith en la serie televisiva El equipo A). Una historia de amor meramente platónico, la que describía Capote, se transfiguraba en una historia de amor como tantas otras, un amor que va y viene debido al carácter inestable de los implicados. El guion cinematográfico se las apañaba también para describir de manera sutil a Verjak como un “gigolo” a través de la ambigua relación que mantiene con “decoradora”, una mujer más madura que él y que además está casada.

Lo que sí se mantuvo en la adaptación cinematográfica fue el curioso título original de la novela, Breakfast at Tiffany´s, procedente al parecer de una anécdota que le contaron en una ocasión al propio Capote, y que tenía como protagonistas a un rico hombre de negocios y a un marinero perdidos en la inmensidad de Manhattan. Tras pasar una noche loca de amor y sexo, el hombre de negocios le preguntó a su ocasional pareja si conocía algún sitio para desayunar. El muchacho- que no era de Nueva York- le contestó que Tiffany´s, el único lugar de la Gran Manzana que le evocaba lujo y glamour, sin saber que no se trataba de ningún restaurante ni de ninguna cafetería sino de una joyería. La imagen se reproduce en la primera escena del film, acompañando a los títulos de crédito, y en ella vemos a una radiante Audrey Hepburn, vestida de noche llegando en taxi por la mañana a una desierta Quinta Avenida. Al bajar del vehículo, la actriz se dirige a los escaparates del famoso establecimiento, y mientras contempla las joyas que exhibe el expositor, saca del bolso un croissant y un vaso de plástico con café en su interior que empieza a sorber lentamente, para al final desaparecer en el horizonte calle abajo. Una de las grandes escenas y uno de los grandes iconos de la Historia del Cine.

No obstante, al igual que ocurre en el texto de Capote, el narrador, Paul Varjack, se convierte en el hilo conductor de la trama. Esta se inicia cuando el joven aspirante a escritor se traslada a vivir al mismo bloque de apartamentos en el que reside la protagonista, y entra en contacto con su mundo de oropel y sus noches de fiesta. Justo en ese momento, ella se ha acostado después de pasar una de esas noches locas, y de comerse su croissant frente a Tiffany´s. En su primer encuentro – ella tiene que abrirle el portal porque él no tiene las llaves y desea usar su teléfono- se establece ya una conexión muy especial entre los dos nuevos vecinos; ella le presenta a su gato sin nombre, le habla de su deseo de no pertenecer a nadie, le cuenta que Tiffany es su refugio porque “nada malo puede pasar allí”, le pregunta si él también tiene como ella días rojos en los que nada parece ir bien. Pero en plena cháchara, de repente se acuerda de que tiene que ir a Sing- Sing. Todos los jueves por la mañana, la muchacha debe ir a visitar a un viejo preso llamado Sally Tomasso para darle conversación y transmitirle la “información meteorológica”, mensajes en clave suministrados por un mafioso que la usa como intermediaria.

Paul acompaña a Holly hasta el taxi que la llevará a Sing – Sing  y al que ella misma da el alto (mítico también ese silbido con los dos dedos que sale de los labios de la Heburn, aunque necesitó ser doblado). Del vehículo sale la amante de Paul a la que este presenta como su decoradora. Por la noche, Holly sube hasta el piso del nuevo inquilino y le pide permiso para llamarle Fred como su hermano que está sirviendo en el ejército y al que está muy unida.  Al día siguiente, la amante de Paul se presenta en su apartamento para decirle que cree que un hombre la sigue y que teme que sea un detective contratado por su marido para descubrir su adulterio. Paul decide investigar por su cuenta y hablar finalmente con el hombre que no es ningún detective sino el marido de Holly, Doc. Este es un granjero que ha viajado a Nueva York para recuperar a su esposa que se casó con él cuando sólo tenía 14 años.  Paul propicia el encuentro entre Doc y Holly, pero ella le despide en la estación de autobuses diciéndole que no puede volver a su lado.

La amistad entre Paul y Holly parece consolidarse en los meses siguientes, aunque siempre a expensas del carácter frágil e inestable de ella. La pareja pasea despreocupada por las calles de Manhattan, visita Tiffany con el objeto de comprar un recuerdo que, eso sí, no exceda de los diez dólares, acude a la biblioteca donde pide prestado el libro que ha publicado Paul que estampa su firma en el ejemplar…  La aparente felicidad se viene al traste el día que Holly se compromete con José Da Silva, un empresario brasileño podrido de millones que promete sacarla del arroyo y al que da vida el actor y aristócrata español José Luis de Villalonga. Para entonces Paul ya está enamorado hasta las trancas de su vecina, pero esta decide no darse por aludida, ni siquiera cuando un telegrama le anuncia la muerte de su hermano Fred, y el escritor se ofrece a darle todoel consuelo.
Antes de marchar a Río de Janeiro, con el billete de avión ya en el bolsillo, Holly invita a Paul a una cena de despedida en su casa.  Algo sale mal, no obstante, y la olla express en la que se estaba cocinando el pollo que ella estaba preparandoexplota en las narices de los dos amigos que ante el incidente se ven obligados a salir a cenar fuera. Al regresar de la velada, la policía les está esperando en el apartamento de Holly, que es detenida acusada de pertenecer a la red mafiosa de Tomasso. Más tarde, Paul consigue pagar la fianza gracias a la intercesión de un antiguo cliente de la chica. De regreso a su casa en otro taxi, Paul lee a Holly el telegrama que acaba de recibir de Da Silva, en el que comunica a la joven que rompe con ella para no verse salpicado en el escándalo. Aun así, Holly está decidida a viajar a Brasil a cazar otro millonario, por lo que detiene el taxi y deja libre al gato que la estaba acompañando hasta ese momento. Paul le confiesa entonces que sigue enamorado de ella, le recrimina su actitud egoísta por no querer pertenecer a nadie echándole en cara que vive prisionera en una cárcel que ella misma carga y que le acompaña a donde va. A continuación, baja del taxi dispuesto a encontrar al gato.

Y entonces se produce uno de esos momentos mágicos que de vez en cuando nos regala el cine. Holly sale también del coche y corre bajo el tremendo aguacero que cae en esos momentos sobre la ciudad, y en su camino encuentra a Paul que ha entrado en un callejón buscando al animal. Ella entra también y le llama cuando de repente de entre las cajas y los cubos de basura se escucha un maullido. Holly abraza al minino y corre hasta Paul. Las miradas de ambos se cruzan y finalmente se besan apasionadamente bajo la lluvia y arropados por la música de Mancini. Telón.
Con este desenlace de película, Axelrod terminó de traicionar el espíritu que impregnaba el texto literario en el que se basaba. En su favor, hay que decir que dejó entrever entre líneas algo del tono amargo que impregna la obra de Capote,  y en especial el carácter de su protagonista principal; no obstante, predomina el tono lúdico. El autor, que ya se sabe que no tenía pelos en la lengua, se dedicó a despotricar contra todos los responsables del film, empezando por el propio Blake Edwards, de quien dijo que era un director desastroso y que sentía deseos de escupirle en la cara. Capote se sintió dolido y traicionado por detalles como la excesiva caricaturización  que del personaje del señor Yushimori hace el actor Mickey Rooney.  Al respecto, el autor dijo que era la película con los actores menos apropiados que había conocido, afirmación que sólo podemos achacar a su –lógico- resentimiento hacia los responsables de la adaptación de su obra. Lo cierto es que además de Hepburn y Peppard, en el film encontramos secundarios de lujo como Patricia Neal que interpreta a la amante de Varjak, o a Martin Balsam, como el cliente de Holly que paga la fianza para que ésta pueda salir de prisión.

Es perfectamente comprensible pues ese resentimiento de Capote hacia los responsables de la película, pero ello no empaña que para el cinéfilo y para el espectador Desayuno con diamantes sea uno de los grandes clásicos populares de la historia. Por Tiffany, por Audrey, por el gato,… y , claro está por “Moonriver”.  Mancini compuso el tema expresamente para Audrey Hepburn, teniendo en cuenta sus limitaciones vocales. A pesar de que posteriormente la canción ha sido interpretada por grandes como Andy Williams o Frank Sinatra, el compositor siempre tuvo claro que su versión favorita era la que sonaba en la película. Y eso que la mítica escena en la que se escucha el tema estuvo a punto de no ser incluida en el montaje. A los productores no les gustaba, porque además aparecía en uno de los momentos muertos de la trama, pero entre Edwards y Mancini les convencieron  de que la cosa podía funcionar. Y funcionó, vaya que sí. Mancini no sólo se llevó el Oscar a la Mejor canción del año (compartido con el autor de la letra, Johny Mercer), sino que también recogió la dorada estatuilla por el legendario “score” completo del film.   Hoy en día, asusta pensar qué hubiese sido de la película sin “Moonriver”.  Una melodía irrepetible y una letra  amarga y melancólica con la que quizá Edwards y Mancini estaban demostrando que en realidad sí habían entendido la esencia del libro de Capote.

MOONRIVER
(OST “Breakfast at Tiffany ´s)

Moon river, wider than a mile
I'm crossing you in style some day
Oh, dream maker, you heart breaker
Wherever you're goin', I'm goin' your way
Two drifters, off to see the world
There's such a lot of world to see
We're after the same rainbow's end, waitin' 'round the bend
My huckleberry friend, moon river, and me

RIO DE LA LUNA
(BSO “Desayuno con diamantes)

Rio de la luna, con más de una milla de anchura
Voy a cruzarte a nado algún día,
Oh, constructor de sueños, rompecorazones
Donde quieras que vaya, yo te seguiré.
Dos vagabundos, recorriendo y viendo el mundo
Hay tanto mundo para ver
Los dos buscamos lo que hay más allá del arcoíris
Lo que nos aguarda a la vuelta de la esquina.
Fiel amigo,
El río de la luna y yo.









viernes, 13 de julio de 2018

GUS DE ESTRENOS VIERNES 13/07/2018 (by Dexter)


"Tengo mucho interés en contar, en hablar, sobre la integridad de cada ser humano. Es una cosa extraña que cada ser humano tiene una especie de dignidad o integridad, y sobre eso se desarrollan relaciones con otros seres humanos, tensiones, malentendidos, ternura, ponerse en contacto, tocar y ser tocados, la separación de un contacto y lo que sucede entonces.”  (Ingmar Bergman)

Guuus mornins, cinéfilos.

Ayer a eso del mediodía me llama mi amigo Carpet Wally y me dice que nada, que imposible hacer el gus, y por cierto tienes algo que hacer mañana por la mañana. Y yo, pues estoooo, sí, tengo algo de lío y eso, pero ya sabéis que soy de los que no sé decir que no. Así que aquí me tenéis, si esto es viernes, esto es un gus de estrenos, como en los viejos tiempos. Que en mi vida me he visto en tal aprieto que decía aquel, y que me río yo de Lope y de Violante, el de los sonetos. Yo sé que este finde estáis más atentos al Francia – Croacia o a la caza del último chollo de Trivago que a otra cosa, así que trataré de ser breve y de no extenderme mucho en el particular, y así, mira, eso que salimos ganando vosotros y yo.

En fin, que allá voy. Esto es que va una francesa, una de dibus y un documental. No es un chiste, es un gus cualquiera de un viernes cualquiera.

La peli francesa de la semana responde al nombre de Lola Parter y es una historia de una familia de argelinos que vive en París. Lo que pasa es que la madre acaba de morir, y el padre pues hace ya 20 años que se fue a buscar tabaco al estanco. Sólo queda el hijo que al quedarse huérfano decide ir en busca de su progenitor. Vamos, como “Marco” pero sin Amedio y con Fanny Ardant.

La de dibujos es Hotel Transilvania 3, que sigue las peripecias de la familia de monstruitos que esta vez se embarga en un crucero de lujo rumbo a unas paradisiacas vacaciones. La tragedia estalla cuando Mavis descubre que su novio Drac se ha enamorado de la capitana del buque. O sea como “Vacaciones en el mar” pero sin Goofer ni Julie y esperemos que con Schettino, a ver si se ahogan todos de una vez y no hacen más secuelas.

El docu… ostras, si esta semana no hay docus. A no ser, claro, que consideremos El rascacielos como una película de divulgación sobre la construcción de los grandes edificios en las modernas metrópolis contemporáneas. El prota de la peli es un ex veterano de guerra norteamericano que se encarga de viajar por el mundo supervisando rascacielos de alta seguridad. Durante un viaje a China, el edificio que se encuentra supervisando es sorprendido por un incendio. El muchacho deberá rescatar a todo el mundo que se encuentra en el interior, incluida a su propia familia que no sé a santo de qué pasaba por allí. Y a mí que esto me recuerda a algo. Pues sí, como “La jungla de cristal” pero con The Rock en lugar de Bruce Willis. Y lo que es peor sin Alan Rickman y con sabe Dios quién en su lugar.

Sigo, esto es que van dos españolas y una argentina. Sí, bueno esto a veces también pasa.

La primera española es No quiero perderte nunca que cuenta la historia de dos amigas que se van de vacaciones al chalet de una de ellas que de repente recibe la noticia de que su madre se ha escapado del geriátrico donde estaba. Una película sobre la vejez y la soledad, como “Qué tiempo tan feliz” pero sin María Teresa Campos y con algo de bigote.

La segunda propuesta patria es El mejor verano de mi vida que es algo así como El club de la comedia pero sin Eva H presentando a los invitados. Yo no sé si los chistes y las gracietas de Leo Harlem tienen vida más allá del formato de Paramount Comedy, creo que más bien no, y que extender el asunto a hora y media de peli carga demasiado (Villaviciosa de abajo está ya en Dvd por si queréis comprobarlo). El caso es que aquí tenemos al bueno de Leo interpretando a todo un padrazo en pleno proceso de divorcio que promete a su hijo que si saca todo sobresalientes se lo llevará a unas vacaciones estupendas. En fin ya sabéis eso que se dice de que no desees lo que no tienes porque igual algún día se cumple. Además de a Leo, en el reparto podemos ver a Jordi Sánchez, Silvia Abril, Berto Romero, Nathalie Seseña o Ricardo Castella. Bueno más que El club de la comedia esto se parece más a la gala de nochevieja de Antena 3, pero sin Arturo Valls (ah, no, coño, que también sale).

La argentina se llama Las grietas de Jara y es un thriller sobre una estudiante de arquitectura que busca a su antiguo jefe, el dueño de un estudio de arquitectura al que sus presuntos socios dicen no conocer. Pero todos mienten, todo muy borgiano, muy boludo y muy porteño. Supongo que esto será como una de Darín, pero sin JB en los camerinos.

Y esto también que va una norteamericana y una oriental rara. Vale, que ya acabo con mi repertorio de chistes malos por hoy.

Elle Fanning es Mary Shelley en el biopic que hoy se estrena dedicado a la famosa autora de Frankestein. La película comienza cuando la escritora conoce a su futuro marido Peter Shelley y se centra en sus recuerdos de juventud y adolescencia. Es decir, como los de El chiringuito evocando los años de Cristiano en el Madrid, pero sin Roncero poniéndose melancólico y dando la brasa.

Y sí, ya acabo. Y, para una vez que me dejan, os colaré aquí la gafapastada de la semana.. El coreano Hong Sang Soo nos presenta La cámara de Clara que no La rodilla de la susodicha, pero casi. No en vano al cine prolífico Sang Soo – no tiene nada que ver con los móviles que yo sepa- se le suele comparar con el cine de la nouvelle vague en general y con el de Rohmer en particular. Los personajes que nos describe este hombre, generalmente relacionados con el mundo del cine, siempre son curiosos y también las situaciones que viven. Aquí tenemos a la empleada de una distribuidora audiovisual asiática que durante un viaje al festival de Cannes trabará amistad con una madura fotógrafa. La madura fotógrafa no es otra  que Isabelle Huppert que ya ha trabajado en varias ocasiones con Sang Soo. Tranquilos si no la vais a ver, Isabelle estará tan ocupada siguiendo las evoluciones de Griezzeman o Bmbapé que ni se dará cuenta ni os lo tendrá en idem. Sí, ya sé que a más de uno esto le puede parecer tan aburrido como un España – Rusia con penaltis y todo, pero qué queréis que os diga. Esta es nuestra APUESTA DE LA SEMANA.

En fin, que siempre nos quedará París. Tenemos a Isabelle en la apuesta de la semana, a les bleus en la final del Mundial y mañana es 14 de Julio. Pues sí vamos a despedirnos a la francesa, o sea con una chanson que nos recuerda al mar, al veranito y a esas cosas.  La cantaba Charles Trenet allá por los años del cuplé, pero yo rescato la versión que hacía mi adorado Kevin Kline en esa joyita de Lawrence Kasdan llamada “French Kiss”. Ale, besitos franceses y hasta el lunes.

 LA MER
Kevin Kline (BSO “French Kiss”)

La mer
Qu'on voit danser
Le long des golfes clairs
A des reflets d'argent
La mer
Des reflets changeants
Sous la pluie
La mer
Au ciel d'été confond
Ses blancs moutons
Avec les anges si purs
La mer
Bergère d'azur, infinie
Voyez
Près des étangs
Ces grands roseaux mouillés
Voyez
Ces oiseaux blancs
Et ces maisons rouillées
La mer
Les a bercés
Le long des golfes clairs
Et d'une chanson d'amour
La mer
A bercé mon cœur pour la vie
La mer
Qu'on voit danser
Le long des golfes clairs
A des reflets d'argent
La mer
Des reflets changeants
Sous la pluie
La mer
Au ciel d'été confond
Ses blancs moutons
Avec les anges si purs
La mer
Bergère d'azur, infinie
Voyez
Près des étangs
Ces grands roseaux mouillés
Voyez
Ces oiseaux blancs
Et ces maisons rouillées
La mer
Les a bercés
Le long des golfes clairs
Et d'une chanson d'amour
La mer
A bercé mon cœur pour la vie

EL MAR
Kevin Kline (BSO « French Kiss »)

El mar
que se ve bailar a lo largo
de claros golfos
tiene reflejos de plata.

El mar
con reflejos que cambian
bajo la lluvia.

El mar
en el cielo de verano se confunden
las nubes blancos
con los ángeles puros
el mar, pastor azul sin límite.

Mirad,
cerca de los estanques,
esos grandes rosales mojados.
Mirad
esos pájaros blancos
y esas casas enmohecidas

El mar
los ha acunado a lo largo de los golfos claros 
y de una canción de amor
El mar
ha acunado mi corazón para la vida. (Bis)


EL MOSAICO DE HOY

No quiero hacerme el sueco ni olvidarme tampoco de que mañana se cumplen 100 años, cien, del nacimiento de uno de los mejores directores de todos los tiempos.  No sé si es muy acertado decir que nos hizo pasar momentos maravillosos delante de una pantalla – yo creo que sí, qué coñe- pero sí que nos hizo reflexionar sobre quiénes somos realmente, de dónde venimos, a donde vamos. Por todo ello, y donde quiera que esté, brindo por usted, Herr Ingmar. Y también por estos niños rubitos tan monos del mosaico.