jueves, 18 de junio de 2015

FERIA DEL LIBRO IV


Cuando uno ve videos musicales tiende a pensar que esas bellas mujeres que bailan voluptuosas en la pantalla no existen en la realidad. Algo similar ocurre con el trato con la policía real. Casi siempre es descorazonador. Son tantos los arquetipos que han quedado fijados en nuestra memoria a través de los libros, las películas o las series de televisión que uno siempre espera encontrar alguno de ellos cuando se enfrenta a un agente. Piensas que tal vez hallarás a un descuidado pero sagaz Colombo, a un inteligente y cínico Sam Spade, al profesional y eficaz Belvilaqua, la capacidad de deducción privilegiada de Sherlock Holmes o incluso al impulsivo y poco capaz Lestrade. Pero no hay nada de eso, la mayor parte de las veces el policía de uniforme parece precisamente eso, uniforme. Entrenados especialmente para parecer neutros, el único elemento distintivo que se permiten es una arrogancia intimidatoria. Ellos son la autoridad y les gusta disfrutar de esa situación de privilegio aunque hayan tenido que adecuar las maneras a los nuevos tiempos y ya no se permitan la actitud de desprecio con la que en tiempos pasados trataban a cualquiera a quien se dirigieran, incluso con un motivo inocuo.     

El policía que está hablando con el joven vendado hace un gesto a otro de los agentes que está controlando el perímetro de seguridad, este se acerca hacía mí y me pide educadamente que le acompañe. Sigo siendo el centro de todas las miradas. Por fin llego hasta donde está el joven y el policía que le está tomando declaración, este me saluda casi militarmente. Busco en él la mirada inteligente que tantas veces he leído sin saber qué significa. Asocio esa expresión a quien parece que te mira en la distancia aun cuando está a tu lado, como si tuviese que cerrar un poco los ojos para enfocar correctamente y divisar lo que hay dentro de ti, la capacidad de encontrar en tu subconsciente involuntarias pruebas que desmienten las palabras que pronuncias. No es el caso. Su mirada parece franca y poco suspicaz.

                -Buenos días. Este caballero dice que estuvo usted hace un buen rato visitando su caseta y adquiriendo un libro que le firmó el autor. ¿Es cierto?- me dice mientras observa mis manos vacías.

                - Pues sí señor. Compré el libro y me lo firmaron pero lo he perdido. De hecho volví precisamente a por otro ejemplar, pero la caseta estaba cerrada.- Aun no me decido a comentar la extraña dedicatoria.

                - De acuerdo, ¿conoce usted al autor?- Pregunta profesionalmente.

                - En realidad no, estaba curioseando y aproveché para llevarme el libro firmado. El título me pareció sugerente.- He conseguido relajarme, como en un examen cuando ves que te sabes las respuestas a las preguntas y se disipan los terribles nervios previos a la prueba.

                - Aquel caballero.- me dice indicándome al encargado de la caseta de comics.- nos ha dicho que alguien preguntó hace un rato por el responsable de este puesto y que le dijo que conocía al autor. ¿No era usted entonces?

Ya está. El inoportuno desliz de las malas novelas. La frase ligera, el detalle menor que de pronto te revela como el principal sospechoso. ¿Qué hacer? ¿Negarlo todo como aconsejaba el legendario Sandoval en “El secreto de sus ojos”? ¿Aclarar la situación y comentar que dije que lo conocía para despertar la empatía de un tipo que no me prestaba demasiada atención? En los libros tienes mucho tiempo para pensar, en la vida real te pones colorado y te azoras. Pero, en realidad este es mi misterio y soy yo quien ha de resolverlo. Hay que echarle coraje a la situación. En definitiva, voy y canto de plano.

-          Si, fui yo. No conocía de nada al escritor, pero le pedí que me lo dedicara, anduve un poco y me puse a leer la dedicatoria. Descubrí que incluía un mensaje de auxilio así que volví pero me encontré con la caseta cerrada, por eso pregunté, pero sin libro ni nada me parecía ridículo comentar lo de la dedicatoria y por eso…

-          ¿Un mensaje de auxilio? ¿qué mensaje? ¿Y hace cuánto tiempo de eso? – Ahora su mirada sigue sin parecerme inteligente, pero creo que denota algo de indignación. Los policías no toleran el intrusismo.

-          La dedicatoria decía más o menos: “Ayúdeme, estoy en peligro”. Hará aproximadamente tres cuartos de hora, quizá más.

-          ¿Y porque no nos avisó?-Ahora parece el director del colegio regañando a sus alumnos díscolos.- A este señor.-dice señalándome al joven que se encuentra a un par de metros.- le han golpeado en la cabeza, ha perdido el conocimiento y el escritor ha desaparecido junto con todos sus libros.

-          Bueno…- Dudo. En verdad no tengo muchas explicaciones.- No supe como tomármelo, me pareció raro pero no preocupante, por eso quise que me lo aclararan y…

-          Deme su DNI, por favor.- Ahora sí que me trata con cierto desprecio. Siempre me ha asombrado esa manera de mezclar el imperativo con la cortesía. Suena a expresión forzada y aprendida, poco natural.

-          Claro, ahora mismo.- Contesto mientras intento sacar algo nervioso la cartera de mi bolsillo. No responde apuntándome con su arma y diciendo que lo haga despacio y que ponga las manos donde él pueda verlas. Lo dicho, el encuentro con la policía real es desmitificador. Le entrego mi documento de identidad.

Lo coge con cierta brusquedad y comprueba si la foto corresponde con mi imagen. Creo que estoy en un buen apuro. Como en el caso  de la mayoría de las personas, cualquier parecido entre la realidad y la foto que aparece en el DNI es pura coincidencia. Sin embargo, el policía parece quedar satisfecho, pienso que tal vez asistan a clases de fisionomía. Tampoco sé si este agente aprobó ese curso.

-          Espere aquí un momento.-Dice mientras se aleja con mi documento y se acerca a un compañero. El otro toma mi DNI mientras comienza a hablar por el walkie talkie. El protocolo de la policía española es impresionante, te piden el documento de identidad y parece que ya no te puedes escapar, te han sentado de repente en el banquillo de los acusados a la espera de que un juez invisible situado en una oficina remota frente a un ordenador delibere cual debe ser tu sentencia. Hago tiempo hablando con el joven.

-          ¿Qué ha pasado?- le pregunto.

-          No lo sé muy bien. Justo después de irse usted, oí como se abría la portezuela de la caseta. Me giré pero no me dio tiempo a ver nada, me golpearon con fuerza y no recuerdo más hasta que desperté y vi que el puesto estaba cerrado. Como pude me incorporé y vi que estaba sangrando. Salí por detrás y avisé al compañero de los comics.- Me resume algo acelerado. Ya lo habrá contado unas cuantas veces pero la excitación y el nerviosismo ayudan a que esté tan locuaz.

-          ¿Y el escritor?- Le digo y compruebo que no le hace gracia perder protagonismo.

-          Ni idea, no estaban ni él ni sus libros. No se han llevado nada más, sólo sus libros. Ni han tocado la caja, ni el dinero, ni otros libros, nada.-Me dice extrañado.

-          Qué raro. ¿Y le conocías?- Sigo insistiendo.

-          No, de nada. Ni a él ni su novela. Nos llamaron hace unos días de su editorial pidiéndonos que dejáramos que viniese a firmar su libro. Pagaban bien y estar aquí es caro, nosotros somos una librería relativamente pequeña.- Me dice indicándome su puesto, como para justificarse.

-          Claro, debe costar una pasta.- Le admito.-Pero ¿por qué no lo hacía en la caseta de la propia editorial?- Sigo indagando mientras los policías continúan entretenidos sus pesquisas.

-          Porque es una editorial nueva y no llegaron a tiempo para alquilar su espacio. O al menos eso nos explicaron. Creo que han hecho algo similar con otras casetas.-Me aclara.

Hasta aquí no descubro nada anormal, la editorial Alabastro que ha hecho un desembolso importante en fondos editoriales de pequeñas empresas no ha podido encontrar sitio para promocionarse en esta Feria. Destina entonces una cantidad que le permita hacerse un hueco y colocar algunos de sus volúmenes tanto a librerías como al público en general. El hombrecillo, José Enrique Berzoso, es por tanto uno más de los autores convocados. Aunque sea un reclamo publicitario bastante pobre.

El policía parece haber terminado su sesuda labor de investigación, se acerca de nuevo a nosotros con mi carnet en la mano. Su expresión es seria pero creo que voy a ser indultado. “Está limpio”, le habrán dicho o eso imagino. Es imposible no relacionar estas situaciones con las que has visto en una pantalla.

-           Bien señor Wally, todo parece en orden. No obstante tendrá que firmar una declaración. El señor Berzoso ha desaparecido y lo que usted comenta de la dedicatoria podría estar relacionado. Además ha habido lesiones.- Me dice señalando la cabeza del joven de la librería.

-          Ningún problema. ¿Cuándo quieren que me pase?.- Le pregunto con ingenuidad.

-          No, no, ahora mismo. Un compañero les acompañará a usted y al joven hasta el coche patrulla y les trasladará a la comisaria.- Le falta decir “en estas circunstancias casa minuto cuenta”.  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esto ya va en serio, Car ¿Quieres decir que no hay tema para una serie de Tv?

Un beso!
Mul