viernes, 12 de junio de 2015

FERIA DEL LIBRO I


Junio en  Madrid. Sábado. Calor sofocante. La revista me ha encargado un reportaje sobre la Feria del Libro.

 Otros años he sido uno más de los paseantes entre casetas. Esta vez no me puedo dejar llevar por la marea, ni puedo parar donde el albur me indique, ni ojear algunos de los expositores, ni hojear algunos de los títulos llamativos. Este año tengo que prestar atención, describir el ambiente, descubrir anécdotas o directamente inventarlas, fijarme en los transeúntes e imaginar sus vaivenes. ¿Por qué paran en esta caseta y pasaron de largo por la anterior? quizá los libros que en una aparecen son distintos y menos interesantes que en la otra, pero compruebo que no es así, salvo alguna excepción de alguna librería o editorial especializada, el resto expone un buen puñado de títulos repetidos. El exitoso best-seller del año,  el  mágico tratado sobre como alimentarse de manera sana, las recetas del último gurú económico, las memorias de un antaño hombre de referencia de una opción política, la última novela de un reconocido autor aupado por una no disimulada campaña publicitaria, el escritor novel que busca el reconocimiento con una novedosa novela  que con un truco narrativo parece entregar un revulsivo literario, el nuevo libro del Woody Allen de las letras nacionales aunque la referencia  al cineasta tenga más que ver con la periodicidad en las entregas editoriales que con la calidad de lo que escribe. Todos estos libros y algún otro destacado ocupan un lugar preeminente del espacio a la vista. La disposición de los libros parece diseñada como la de los estantes de los supermercados para potenciar las ventas de determinados productos. Las portadas llamativas y la cuidada encuadernación hacen el resto, los potenciales clientes que andan dando un garbeo apenas resisten a la tercera o cuarta llamada del marketing y terminan comprando alguno de aquellos títulos estrella.

En un lateral, como un pobre sentado a la mesa de la familia adinerada se apilan humildes las ediciones de bolsillo. Algunos de ellos ocuparon el lugar central en al año pasado o el anterior, ahora han perdido sus brillos y sus duras tapas protectoras, las letras se han reducido para darles cabida en el nuevo formato y gozan de una nueva oportunidad para ser rescatadas del olvido de un tiempo cada vez más efímero que premia la inmediatez. Algunos se paran a investigar en ese rincón, tratando de incentivarse con el recuerdo de alguna obra que dejaron pasar en el periodo de esplendor mientras lanzan furtivas miradas a las lustrosas portadas de los campeones de la presente temporada. El precio resulta determinante, los que hoy ocupan el lugar de honor son el doble de caros que los de antaño y salvo que estés bien provisto de liquidez, apenas accederás a uno o dos de ellos, el resto de tus compras si aún tienes interés y ganas tendrán que conformarse con los hermanos pobres.

Un viaje para el que se necesitaban muchas alforjas, pero en realidad innecesario, no encontraremos aquí casi nada que no hallásemos en alguna gran superficie y sin embargo un año más nos encontramos con un éxito de público que se atreve a desafiar las altas temperaturas. Tal vez les mueva la posibilidad de que el libro adquirido sea firmado y dedicado por el autor, que este es uno de los grandes reclamos. Pero también para esto hay clases.

No menos de seis o siete personas, aunque debiera decir grupos o parejas, hacen cola para que un afamado novelista y articulista, famoso por su mala leche y por su saga sobre un espadachín del siglo de oro,  proceda a estampar su firma precedida por una frase, que se antoja única y que probablemente suponga un modelo repetido con alguna pequeña variación, en el ejemplar de su última novela con gran contento del solicitante, que se enorgullecerá  dela singularidad con la que ha sido agasajado aunque luego no le satisfaga en absoluto la lectura de la obra. Eso, si es que llega a leerla.         

Muchos más, sin embargo, son los que aguardan pacientes a que se repita el proceso con un conocido presentador de programas de televisión, de esos que se equiparan  con la basura aunque tal comparativo suponga un premio inmerecido para el producto televisivo. El éxito traspasa la pantalla, dicen. Y debe ser cierto, puesto que la longitud de la fila de los que esperan su turno cuadriplica como poco la de cualquier otro exitoso autor. Podría objetar a juzgar de lo que veo, que quienes componen el núcleo de tan nutrida espera no tienen apariencia de ser lectores habituales, pero a la vista de los otros grupos menos numerosos tampoco parece haber tanta diferencia.  Quizá en este caso el acercamiento al escritor sea mucho menos respetuoso, más familiar y a veces algo grosero en las formas, como quien se encuentra con un viejo amigo de otros tiempos y mantiene las bromas de antaño sin mediar una puesta al día de las circunstancias. Falta de tacto califican a quien amparándose en el recuerdo hace un chiste sobre aquella chica que todos calificaban en privado como horror (peor que error) de la naturaleza y ahora le aclara, el antaño camarada de burlas, que es su esposa y la madre de sus tres hijos.

 Algo así pasa con el famoso  presentador, la persona no existe y los que allí llegan encuentran al personaje, el tipo que les hace reír con su cínica maledicencia, el que compadrea desde el otro lado de la pantalla como un igual lanzando dardos envenenados sobre un o una  pobre infeliz que obtuvo el premio, por azares diversos y por falta de otras virtudes, de convertirse en un representante de la última ola de famosos. Aunque esta fama sea un juego de retroalimentación al que llegas por sorpresa y que se mantiene mientras dure la posibilidad de que seas vituperado, apoyado, desenmascarado, comprendido, insultado y rehabilitado. Una montaña rusa veleidosa cuyas normas aceptaste cuando compraste el primer ticket.

 El presentador quizá engreído y orgulloso de su obra piense que una vez que sale del estudio es una persona distinta, un hombre que merece el mismo respeto que el mejor delos autores y le disgusta un poco relajar su esnobismo y tener que sonreír y  aceptar de buen grado las risotadas de la señora  que se debe creer su tía porque le habla como tal.  

 

Analizo este paisaje mientras tomo nota mental para cumplir con el mandado, ya veré como traslado estas, algo deprimentes, sensaciones  para dar gusto al nuevo director que espera desde Zaragoza luminosas y divertidas impresiones. De pronto observo, en la caseta siguiente a la del televisivo ídolo de masas, a un solitario y paciente hombrecillo que aguarda sentado y tal vez resignado que algún lector aislado repare en su presencia. Aunque sólo sea por proximidad y por matar el tiempo de la larga espera, parecería que tiene opciones para que algún miembro de la nutrida concurrencia de los vecinos se pudiera distraer echando un vistazo a la oferta de la caseta anexa y aprovechara para llevarse como trofeo un libro dedicado de aquel desconocido autor. Pero nada de eso sucede, como si fuera un lugar invisible y fuera del tiempo, como un paréntesis espacial, nadie se acerca a aquel expositor. Al otro lado se encuentra contigua una editorial especializada en libros juveniles y comics que cuenta también con una interesante afluencia, pero nadie se para delante de la de la Librería Batalla que así reza el cartel debajo del cual el modesto escritor ve pasar con anhelo a la multitud curiosa. Es tan extraño que empiezo a pensar que se trata de un lugar mágico que por asociaciones con cuentos infantiles sólo está reservado para mis ojos, pero descarto en seguida tal opción cuando compruebo que los visitantes de la Feria echan un rápido vistazo repleto de indiferencia hacía el expositor, pero ninguno  le dedica el tiempo suficiente ni como para desacelerar el paso.

Algo conmovido por el comprobado fracaso de los supuestos objetivos comerciales del buen hombre me acerco a echar un vistazo y practicar mi buena obra del día y también curioso con la intención de descubrir el porqué de la evidente falta de interés. De primeras compruebo que la oferta editorial no se desvía mucho de las de otras casetas, si acaso está expuesta con menos orden, pero no tanto como justificar el rechazo. Además del hombrecillo, está de pie, como ansioso por atender a los potenciales pero inexistentes clientes, un hombre más joven y cuerpo fornido que me sonríe atento mientras estudio distraídamente los títulos expuestos.  Poco a poco me acerco hasta enfrentarme con el escritor. Miro el título de la novela: “Cuando el ayer no nos basta” de Jose Enrique Berzoso. Mi cultura de crucigrama no sitúa tampoco el nombre, pero lo cierto es que la edición no es mala, no parece de esas que un autor anónimo despreciado por todas las editoriales tira de ahorros para auto editarse unos cuantos ejemplares con los que probar suerte y aplacar su orgullo herido. Cojo uno de los libros. Tengo la intención de leer la contraportada para situar la novela y ver si la historia puede merecerme el interés de la compra, aunque ya tengo decidido llevármelo en una especie de acto caritativo queriendo disculpar el desprecio involuntario del resto de concurrentes.

 

-          Cuenta la historia de un poeta perseguido por un crimen que no cometió y que se refulgía en un pueblo casi aislado dela montaña con muy pocos habitantes. Sorprendentemente casi todos ellos son personas de un nivel cultural altísimo y en principio inexplicable. Una mansión y un lago parecen tener mucho que ver en ello, pero para el poeta el interés puede resultar trágico. – se apresura a resumirme el pequeño hombrecillo en quien vislumbro una mirada huidiza y poco entusiasmo.

-          ¿Novela fantástica?, ¿Misterio?- Pregunto interesado.

-          Es una novela fantástica en realidad, pero no pertenece a ese género.-responde sin entonación.

Le miro algo sorprendido por lo que puede parecer un chiste, pero no vislumbro  ni la más ligera mueca que indique la ligereza de la respuesta. Encuentro en su rostro una tristeza desinteresada. Su cara no es especialmente expresiva, parece corresponder a la de un hombre que frisa como Don Quijote la cincuentena, con un pelo oscuro que cae en un descuidado flequillo sobre una frente cubierta de surcos, ojos pequeños ocultos tras unas gafas que parecen de las que venden en la farmacia para la presbicia, pequeñas y sin graduación específica, con lentes a modo de lupa. La nariz ancha no desentona en un rostro algo ovalado. La boca no es grande pero el labio superior en lo suficientemente carnoso como para no resultar invisible. Descubro que al joven fornido si se le dibuja una sonrisa por la ocurrencia.

 

-          Siendo así, no tengo duda, me llevaré un ejemplar. ¿Le importa dedicármelo?- Le digo con mi más pulcra cortesía.

-          Claro, dígame a que nombre.- Responde con una mecánica funcionarial.

-          Carpet Wally.- Contesto también maquinalmente.

 

Ahora sí que se produce un efecto real en su expresión. Primero me mira con sorpresa, su mirada se aviva y su boca dibuja un gesto que no llega a ser una sonrisa. Quizá fue sólo un instante, de nuevo maquinalmente reconduce la compostura y coge el ejemplar que le sostengo en mi mano., lo abre por la página de la dedicatoria y comienza a escribir. Pregunto el precio, 16 euros, saco un billete de 20 y se lo tiendo al joven que permanece sonriente, supongo que encantado con haber realizado al fin una venta. El hombrecillo ya ha terminado de escribir, me devuelve el libro cerrado. Voy a abrirlo para leer la dedicatoria.

                -Ahora no, por favor.- me dice en voz baja buscando con la mirada al joven que se distrae un instante contando las monedas que me ha de devolver.

Pido una bolsa mientras interrogo sin palabras al hombrecillo, pero ha vuelto a su estado inexpresivo, con el aire resignado y aburrido que tenía al principio. Me alejo extrañado, 50 metros más allá, pasadas 5 casetas me detengo, saco el libro de la bolsa y leo por fin la dedicatoria.

                “Con afecto a Carpet Wally”

                Y una rúbrica sobre unas letras poco identificables

                Y un poco más abajo:

 

                ¡¡Ayúdeme por favor, estoy en peligro!!

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué misterio más misteriosos....

Y qué buenos recuerdos, bravo Car!!!

Albanta

César Bardés dijo...

Estamos todos en ascuas. Esto es mejor que "El ministerio del tiempo", Carpet. ¿Has pensado en vender la idea para una serie? "El buscador de libros". Ufff...ahí hay un montón de historias, un montón de sensaciones y un montón de cosas interesantes. Tengo una anécdota...bueno, no, que no os gustan. Solo diré que ya tengo, desde hace algunos años, la firma del autor ese que es famoso por lo del espadachín y tengo que decir una cosa: conmigo fue encantador. Y a otro que entré por los ojitos fue a Antonio Muñoz Molina, tan solo porque compartí con él un recuerdo que tenía que ver con los libros. Su dedicatoria es, probablemente, la más cariñosa de cuantos escritores han tenido a bien firmar un libro...pero nada se puede comparar a ésta dedicatoria que te han hecho, a esta súplica por la lectura, a este S.O.S de la cultura que tantas ganas nos han dejado de más.
Abrazos impacientes.

CARPET_WALLY dijo...

Es seguro que Perez Reverte es encantador, tengo una amiga, por lo demás descendiente de Alejandro Dumas que le ha tratado en varias ocasiones (sabido es el gusto de Arturo por el escritor francés) y dice lo mismo. La historia, por ahora, sólo refleja la impresión que tiene de él la opinión publica y que no se molesta en evitar sino casi siempre al contrario, la fomenta.

dexter zgz dijo...

Ayss todo el fin de semana en ascuas. En fin, yo por la exhaustiva descripción me da que uno de los que están en la caseta junto al escritor es el editor que no le quiere dedicar al otro el libro de Kennedy.

Por cierto, tendría a bien el susodicho de compartir con los trillones la dedicatoria del marido de Elvira Lindo.

Abrazos indiscretos

Anónimo dijo...

Confieso que algunos párrafos he tenido que volver a leerlos para centrarme en lo que se me estaba contando, pero supongo que el problema debe ser mío así que, a esperar el desenlace y aplaudir al autor de tan misterioso relato.

Como dice Alban, buenos recuerdos de tiempos pasados.

Un beso

low

Anónimo dijo...

Esa anecdota plis!!!!!

Albanta

César Bardés dijo...

"Para César, celebrando una antigua complicidad que ojalá no se rompa nunca. Sigamos compartiendo recuerdos. Antonio Muñoz Molina".
Al año siguiente, en agradecimiento, le llevé un ejemplar dedicado de "La imagen en el alma". Lo agradeció muchísimo, con la sencillez que le caracteriza. Más tarde, le propuse la escritura de un prólogo, en concreto para que acompañara a Miguel Rellán en "El ojo privado" y también contestó negándose con una elegancia excepcional comprometiéndose a complacerme más adelante. Quizá en el próximo, quién sabe.

César Bardés dijo...

La anécdota...es una tontería realmente. En la misma Feria del Libro en la que conseguí la firma de Pérez-Reverte estaba Guillermo Cabrera Infante. Del primero conseguí que me firmara un libro de relatos cortos en el que estaban incluidos "La sombra del águila", "Un asunto de amor", "El húsar", entre otros. Del segundo, "Cine o sardina". El caso es que, además, para más inri a uno lo vi por la mañana, al otro por la tarde. De Cabrera Infante no puedo decir nada porque apenas habló conmigo. Pérez-Reverte sí y estuvimos un rato charlando. El caso es que lo curioso y anecdótico fue...que los dos pusieron exactamente la mismas palabras en su dedicatoria...¿no lo adivináis?
"Al César lo que es del César"
Pérez-Reverte le echó un poquito más de gracia y puso "O sea, un abrazo". El cubano no estampó más que su firma y punto.
Con Pérez-Reverte tengo otra anécdota y es que una tía mía mandaba en viaje de estudios a una de sus hijas a Australia con transbordo en no sé dónde. La mujer estaba muy nerviosa porque el viaje era larguísimo y su hija tenía dieciséis añitos. Vio a Pérez-Reverte en la cola del embarque y habló con él y tal. Dio la casualidad de que también iba hacia Australia así que le pidió por favor si podía echar una mirada de vez en cuando a su hija hasta que fueran a recogerla al aeropuerto australiano (creo que era Sidney, pero no estoy seguro). Pérez-Reverte lo arregló para que fueran juntos en el avión y además no la dejó sola ni un momento hasta llegar a Australia. La chica le dijo que no hacía falta que se apañaba ella y demás. Don Arturo solo dijo: "Tu madre me pidió que te cuidara hasta que te vinieran a buscar. Y eso voy a hacer". Esto, conociendo un poco el mundo en el que se mueve esta gente, no es nada normal. Pérez-Reverte se comportó como un auténtico caballero. Alatriste contemporáneo.
Abrazos anecdóticos.

Anónimo dijo...

Qué bueno, Car. Por momentos creía que estaba en el primer capítulo de un novelón. Y con ese remate final que nos engancha para la continuación. Espero impaciente.

Un beso!
Mul