lunes, 15 de junio de 2015

FERIA DEL LIBRO II


Levanto los ojos del libro y camino instintivamente unos metros más, vuelvo a parame y releo las letras que revelan una angustia que era imperceptible en la expresión cansada del hombrecillo. El efecto de las palabras es lento pero implacable. Vuelvo a caminar, proceso con dificultad la situación. Súbitamente me siento nervioso, con ansiedad. Me giró de pronto con la intención de volver, sin duda me mueve más la necesidad de una explicación que la voluntad de otorgar la ayuda que se me solicita de un modo tan poco habitual.

Mi movimiento repentino provoca que choque con una mujer que empuja un carrito de bebé. En mi intento por evitar caer sobre la criatura suelto el libro que cae al suelo y es pisado por el caballero que acompaña a la sorprendida madre. Me disculpo y me recompongo. El niño empieza a llorar asustado. El hombre, con toda probabilidad el padre, me mira con reproche.

-Tenga cuidado, hombre.- Me lanza con una mezcla de indignación y fastidio. Revela el instinto animal por proteger su espacio frente a la agresión externa. Los sentidos alerta, los músculos se tensan.

Mi mirada busca tranquilizarle, mis ojos intentan excusarse por la torpeza y demostrar la inocencia de mis intenciones al ocupar accidentalmente su espacio de control. A veces,   ese tipo de comunicación no verbal provoca el indeseado efecto de que el contrario se sienta en superioridad y que, envalentonado por la actitud sumisa del que se disculpa, encuentre el arrojo suficiente como para pasar al ataque. No basta ya proteger su zona sino que se precisa humillar al involuntario agresor. No nos diferenciamos tanto de las bestias en muchos aspectos.

                -Menudo gilipollas.- Dice llevado por la alteración hormonal

El buen sentido llama a renunciar al enfrentamiento y volver a ofrecer una disculpa mientras se inicia una pacífica retirada. Lamentablemente   la excitación en la que me encuentro hace  que  por un instante olvide la prudencia y sostenga su mirada.

                -Ya me he disculpado, no ha pasado nada.- Compruebo que la madre ha calmado al crio con esa presteza natural que les lleva a ocuparse de la urgente antes que de lo importante.

Cruce de miradas de macho alfa, valoración de opciones, análisis de posibilidades. Compruebo que las mías son pocas, el tipo es grande y tiene más razones por las que luchar, defiende su territorio y su valía delante de su pareja. Creo que él está llegando a la misma conclusión.  Recupero la cordura.

                -Tienes razón,  perdona.- Repito la disculpa con una sonrisa y tuteándole, como si el desafío físico crease una cierta camaradería, como John Wayne y Victor Mclaglen en “El hombre tranquilo” que no podían tener una buena relación hasta que no se produjera la anhelada pelea. Creo que el cine me ayuda a comprender el alma humana.

                - Venga, vámonos.- Dice la mujer que ya se ha levantado y  ayuda a aliviar la absurda tensión. El hombre me mira ahora con desdén. Se sabe triunfador y no precisa más. Tal vez arriesgara demasiado si yo fuese un experto luchador, cosa que dista mucho de la realidad. Acompaña a su mujer y reanuda su paseo sin dejar de mirarme.

El incidente me ha distraído, olvido a la pareja y miro hacia el suelo para recoger el libro. ¡¡No está!!.

Busco a mi alrededor, el despiste no ha durado ni un par de minutos, sin embargo alguien ha aprovechado para llevarse la novela y con ella el grito de socorro. Trato de atisbar en alguna mano el objeto sustraído, pero parece tarea imposible, hay demasiada gente y una gran parte lleva algún libro recién adquirido, muchos llevan bolsas que más que servir para facilitar el traslado de lo comprado siento que su verdadera función es ocultar mi ejemplar. No puedo parar a todos los que pasan a mí alrededor y pedirles que me enseñen lo que hay en el interior de las bolsas por si llevan lo que no es suyo. Quien  lo haya recogido está a salvo. 

Mi cerebro busca soluciones y encuentra la obvia, volver a la caseta y demandar aclaraciones. Era lo que iba a hacer en cualquier caso y para ello el libro no es necesario. Desando el camino, estoy en la caseta 26 y la de la Librería Batalla debía ser la 14. Acelero el paso aunque me cuesta porque hay mucha gente y no quiero volver a golpear a nadie. Me equivoco por poco, la caseta especializada en comics es la 14, la del hombrecillo debe ser la 12.

Por fin llego, pero ¡¡está cerrada!!  Los tablones abatibles ocultan el interior. Me quedo sin saber qué hacer.Me acerco despacio a las blancas portezuelas que no permiten atisbar el muestrario de libros que antes se ofrecía sin que nadie reparara en ellos. Ahora la caseta también es ignorada, es una más de las que permanecen cerradas quizá porque defendidas por un único dependiente, este se ve obligado a ausentarse para atender alguna urgencia fisiológica y protegen su mercancía con un cierre temporal lo más corto posible. Pruebo a preguntar a alguna de las personas que aun aguardan para la firma del engreído presentador.

                -Perdone, un momento. ¿Se ha fijado en la caseta de al lado? ¿Ha visto cuando la cerraban?- La respuesta es descorazonadora. Ninguno lo ha visto, nadie miraba, todos estaban pendientes de las evoluciones, las falsas sonrisas y las bromas sin gracia que la estrella iba dedicando a los que les llegaba la vez de obtener la ansiada firma. Parece mentira que haya tantas cosas que sucedan tan cerca de nosotros y que no percibamos. En algunos casos, como sin duda era en este, porque están envueltos en un halo de normalidad que hace que se vuelvan invisibles, pero algunas veces  son momentos bastante llamativos y que no  captan nuestra atención, tal vez descuidada por nuestras propias preocupaciones. Yo creo que el éxito de muchos carteristas se basa no sólo en su destreza y habilidad, sino que además aprovechan el perpetuo ensimismamiento tanto de la víctima como de los que le rodean para ocultar la faena, término que en este caso contiene una especial precisión. 

De nuevo, miro alrededor buscando respuestas. Decido acudir a la caseta especializada en comics. Ahora parece haber menos gente y puedo dirigirme a uno de los dos dependientes.

                -Hola, ¿sabes porque está cerrada la caseta de al lado?-Pregunto al treintañero que parece ser además el dueño, el otro dependiente es bastante más joven, quizá no llegue a los veinte.

El hombre mira sin interés hacia donde le indico. Se encoge de hombros.

                -Le habrá dado un apretón.-me responde con naturalidad.

- Pero había un escritor firmando hace un momento.- Tal vez ya hayan pasado más de  10 minutos desde que me firmó a mí, calculo mentalmente. Uno cree que controla la medida del tiempo hasta que comprueba la realidad, ahí está escondida la verdad de los retrasos habituales a las citas.

                - No sé, no me he fijado, pero habrá terminado ya. Y no he visto mucha cola para que firmase nadie. No sería conocido. Fíjate en la que hay montada ahí.- me señala hacía la exitosa caseta. Compruebo que ahora hay todavía más gente.

                - ¿Conoces a los de la librería?- Continúo sin valorar su comentario.

Me mira ahora algo extrañado y un poco hastiado por mi insistencia.

                -Es que quería que el autor me firmase la novela, pasé hace un momento y vi que estaba, pero cuando he vuelto….-Miento para aliviar su posible suspicacia.

                - Pues estarán al volver, habrá sido un momento. Sólo conozco al chaval de vista, abrimos casi a la misma hora y coincidimos al montar la caseta.-Responde dejando entrever la falta de ganas que tiene de continuar con la charla, vuelven a agolparse un grupo de curiosos  echando un vistazo a su material y se encuentra con la suplicante mirada del muchacho que le acompaña para que vuelva a atender al público y no le deje sólo.-No te preocupes vendrán ahora.- me dirige estas palabras sin mirarme ya. En un instante me he convertido en su pasado, una nimiedad destinada al olvido, otro más de los acontecimientos cotidianos que se superan por la superposición de otro momento más relevante que también dura un instante. ¿De cuántos tiempos así se nutren nuestras vidas? ¿Cuántos realmente llegamos a recordar si acaso durante las siguientes 24 horas?

El hombre ya atiende a un grupo de jóvenes que ojean interesados los coloreados comics de la Marvel. Les miro y no me reconozco. Cuando chaval era un entusiasta de aquellos superhéroes tan diferentes al trillado Superman que me resultaba tremendamente aburrido. Uno podía creer entonces que cualquier peripecia del destino le conferiría unos superpoderes que le convertirían en un nuevo adalid de la justicia, en el protector de su familia y amigos, en alguien admirado y respetado, ganando mediante el accidental picotazo de un insecto radiactivo o el efecto de una explosión remota de un generador de una nueva forma de energía todo aquello que nuestra falta de confianza en uno mismo nos hacía creer que fuera imposible conseguir. Sueños infantiles, aun cuando estuviéramos en la adolescencia, por los que nos sentíamos con posibilidades de ser tocados por un dedo divino que nos individualizara y nos revalorara, que nos pusiera en un nivel superior al del grupo al que pertenecíamos, los compañeros del colegio, los amigos de nuestro barrio, nuestros primos y hermanos. Superman no servía, él era Superman desde siempre, nació siéndolo, para nosotros un acceso imposible a la aristocracia superheroica.

El grupo de chicos no parece especialmente entusiasmado con convertirse en uno de aquellos poderosos enmascarados, me recuerdan más a estudiosos eruditos que enlazan interminables charlas repletas de conocimientos sobre temas diversos y poco útiles, les imagino jugando a un concurso de absurdas preguntas: ¿Quién vencería en un combate entre El hombre de hielo y La antorcha humana? ¿Cuál es el supervillano más poderoso de Los 4 fantásticos? No les veo soñando con poder trepar por las paredes ni lanzar telarañas desde sus muñecas. Al contrario de los que nos pasaba cuando niños parece que para ellos marcarse una personalidad diferencial se logra con no tener nada que te individualice. Vestir igual, andar igual, hablar igual. Si antes queríamos sobresalir del grupo ahora necesitan al grupo para sentirse arropados, tal vez temen ser atacados si salen de él. Será una visión equivocada con toda seguridad, pero me parece que asumen la estrategia defensora de las cebras o los ñus. Lo cierto es que salirse del grupo era enfrentarte con el mundo, era arriesgado, pero lo más triste es que ahora no se teme tanto lo que haya afuera sino que el verdadero peligro viene desde dentro, como si mirar hacia el exterior y diferenciarse provocara una reacción depredadora de los que son tus camaradas. No temen al león, tienen miedo de su propia manada.

Pienso esto mientras aguardo el regreso del encargado de la caseta aliviado ya de sus urgencias. Se me ocurre una feliz idea. La puerta situada detrás, oculta al público, escondiendo la serena cotidianidad. Los lustrosos encuadernados, las pilas de libros, los grandes volúmenes, todo eso  atrae nuestra atención y nos aleja de la propia vida. Nos asomamos a los muestrarios de oropel  y no reparamos en quien está frente a nosotros, en su madrugar, en su esfuerzo colocando aquello que presenciamos como lujoso escenario y haciéndonos olvidar la bien llamada, con exactitud en este caso, trastienda.

Tengo que recorrer varios puestos para acceder al otro lado, las casetas encajadas como piezas de Lego no permiten el paso, cada 10 ó 12 se abre un espacio que permite un trasvase reciproco, acceso para visitantes, vía de escape para los satisfechos o cansados y a la  vez entrada para  quien está atendiendo su negocio y precisa colocarse del otro lado para ajustar su mostrador o para observar la disposición. Obviamente también esto es cuestión de dinero, los imperios tienen la mejor situación y además del tamaño flanquean esas puertas al mundo, controlan los puentes levadizos de  los castillos. La librería Batalla no es uno de ellos.

Recorro la parte trasera. Desde este lado me cuesta identificar el modulo prefabricado que me interesa, perdida ya la referencia de la exitosa afluencia a la caseta vecina y el nombre del expositor. Afortunadamente compruebo que aunque no de gran tamaño las portezuelas traseras poseen un número que les sitúa. Llego hasta el número 12. Ninguna particularidad aparente, observó que la adyacente, la de los cómics, está entreabierta, pero no así la que persigo. Me acerco y llamo, pero no obtengo respuesta. Otro camino sin salida.

Los altavoces son la banda sonora de la Feria, cada poco tiempo anuncian novedades, reclamos, acontecimientos editoriales e información sobre quien firma qué libro y en que caseta avisando de las horas para que el lector pueda conseguir su particular dedicatoria. Ningún aviso había de Berzoso, pero acaban de pronunciar uno que me abre una nueva posibilidad. En la caseta 45 de la Librería 8 y medio  estará, en menos de media hora, David Trueba firmando su última novela. 8 y medio es una librería especializada en cine mítica para los que vivimos en Madrid y nos dedicamos a esto. Conocí al dueño gracias a que allí se presentó el libro de un buen amigo, “El cine en la era Kennedy”. Mi trayectoria como reportero de Cortogramas no era suficiente  tarjeta de visita entonces, tampoco ahora, pero hice buenas migas con el encargado de la tienda, Carlos, un tipo encantador provisto de un agudo sentido del humor y una bondad milagrosa, amén de su increíble conocimiento sobre cine y sobre casi cualquier cosa. Yo bromeaba con él  apodándole el tertuliano porque tenía opinión formada sobe cualquier particular que se te pudiera ocurrir. Si no logro hablar con el hombrecillo y no vuelve el joven encargado, tal vez Carlos tenga acceso a datos editoriales que me ayuden a encontrar respuestas.

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